ELEGÍA
Esos cuerpos
que alguna vez latieron en mis brazos
cuando el
sol era un lento reverbero en su piel,
cuando
sus cabelleras se volcaban como oleadas de fiebre y de nostalgia,
ahora
perduran sólo como una vibración
o una
angustia indeleble en el fondo del alma
mientras
va la gaviota por las playas.
Relucen ya
tan lejos llenos de tentaciones desesperadas,
se irisan
en la espuma del mar,
llaman con
el recuerdo de su piel y su aliento
y vuelven
a hechizarnos como lagos dormidos
o tibias
sombras prisioneras de la tierra.
Fueron
cuanto tuvimos de más ardiente y hondo
-los
dones más intensos de este mundo-,
arrasaron
al corazón con las más altas llamas
hasta
dejarnos en un ciego abandono
a orillas
de su huella de brasas invisibles.
Cuerpos enamorados
que una vez fueron míos,
palpitando
con sus tiernas reverberaciones,
con la
inolvidable tersura de sus espaldas
y sus
bocas ansiosas, sus muslos de esplendor y mediodía.
Así abrieron
de par en par el mundo,
llamaron
a la tormenta y al relámpago, se deslizaron
por todos
los rituales de la pasión,
y fueron
arrastrados por la vorágine de los días
hasta
perderse silenciosamente
como
todos los dones más altos de esta vida
en el
voraz horizonte donde nos extraviamos como niños errantes,
como
todas las dádivas para siempre fugaces
que el
azar y el destino nos dieron un instante.
Enrique
Molina
2 de
noviembre de 1910
Buenos
Aires – Argentina

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