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domingo, 19 de julio de 2026

MATAOS

 

MATAOS

 

Mataos,

pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.

Si vuestra rabia es fuego que devora al cielo

y en vuestras almohadas crecen las pistolas:

destruíos, aniquilaos, ensangrentad

con ojos desgarrados los acumulados cementerios

que bajo la luna de tantas cosas callan,

pero dejad tranquilo al campesino

que cante en la mañana

el azul nutritivo de los soles.

Invadid con vuestro traqueteo

los talleres, los navíos, las universidades,

las oficinas espectrales donde tanta gente languidece,

triturad toda rosa halla; al noble pensativo,

preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte

que han de aplastar a las dulces muchachas paseantes,

en esta misma hora que sonríe

por una desconocida ciudad de provincias,

pero dejad tranquilo al joven estudiante

que lleva en su corazón un estímulo secreto.

Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas

de entelequias, estructuras incompatibles,

pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo

ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis,

exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas

que jamás asiríais un fusil de bravura,

pero dejad tranquilo a ese hombre tan bueno y tan vulgar

que con su mujer pasea en los económicos atardeceres.

Aplastaos, pero, vosotros,

los inquisitoriales azuzadores de la matanza,

los implacables dogmáticos de estreche mentecata,

los monstruosos depositarios de la enorme Gran Estafa,

los opulentos energúmenos que en alza favorable de cotizaciones

preparáis la trituración de los sueños modestos

bajo un hacha de martirios inútiles.

Pisotead mi sepulcro también,

os lo permito, si así lo deseáis inclusive y todo,

aventad mis cenizas gratuitamente

si consideráis que mi voz de la calle no se acomoda a vuestros fines suculentos,

pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,

al campesino que nos suda la harina y el aceite,

al joven estudiante con su llave de oro,

al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo,

y al hombre gris que coge los tranvías

con su gabán roído a las seis de la tarde.

Esperan otra cosa.

Los parieron sus madres para vivir con todos,

y entre todos aspiran a vivir, tan sólo esto,

y de ellos ha de crecer, si surge,

una raza de hombres con puñales de amor inverosímil,

hacia otras aventuras más hermosas.

 

Miguel Labordeta

16 de julio de 1921

Zaragoza

martes, 22 de julio de 2025

DESTINO

 

DESTINO

 

Lo sabéis amigos

no volveremos más.

La virtud de la lluvia

se aniquila en los soles

y el viento entre las flores

se sumerge en la sangre de los toros.

Sólo los viejos vagabundos al morir

pueden saber quizá

el secreto de la hora derramada

y el porqué de la mujer húmeda en estío.

Pero nosotros no. No podemos volver.

Es imposible calavera mariposa

el tiempo entre la niebla seducido.

Somos nosotros mismos

el ritmo pereciente

y nuestro gesto

la invisible caracola de la muerte

primavera pura aniquilada

en incesantes mundos destruidos.

Nada más. Tan solo eso.

Un levantar baldío de los brazos

para recoger el mar que se nos huye

pletórico de ahogados y de olvidos.

Un lamento también

y un querer crear agujeros

en el agua mansa de los recién nacidos.

Mientras os alejáis

cantando juventudes

yo permanezco aquí

mudo y atónito

como un muerto inmortal

soñando vida inmensa

y una antigua e inconcebible libertad.

No volveremos más.

Es cierto amigos.

Atardece.

La estatua el árbol la hormiga

y esta pena mía tan hermosa

se confunden en la mente ignorada de las manos.

35 segundo han pasado en mi reloj de Pulsera.

 

Miguel Labordeta

16 de julio de 1921

Zaragoza

 

sábado, 19 de julio de 2025

ANTEPASADOS HUESPEDES

 


ANTEPASADOS HUÉSPEDES

 

Todos los caminos

han conducido a mí.

El idilio de las abuelas

y las lluvias sobre los estanques

en las lejanas mañanas perezosas.

Las indiferentes ruecas

de pasadas primaveras marchitas

y el viento entre colinas

golpeando el atardecer.

Las anchas fauces olvidadas

exhaustas ya de tierra madre

desorbitadas total

exangües de silencio y espera.

Aquel que preguntó

el otro que no fue bien amado

ese que rudamente habló a Dios

y todos estos que en legión

más cercana y antigua

sorbieron  la humilde gota misteriosa

que nos es ofrecida

por incumplidos cauces de promesa y de sangre.

Estás allí

atónitos huéspedes

de cada primavera

en desvanecimiento convertidos ya

absorbidos en el puro eco

sin respuesta de mis manos

contemplando el mundo

y los enamorados de abril.

¡Ah hermanos…

hermanos míos en la muerte…!

Sagrados emigrantes hacia la orilla de los Cielos

sobre mi corazón resbaláis hondamente

como los ciervos moribundos al caer en la nieve.

Millones de días como éste

sin sentido reposan en ceniza

y mis sueños sonríen quedamente

deslizados por vuestros ríos secos.

Los pinceles del sol han esponjado tierra

y de vuestra savia una sabiduría extraña

su zumo ha cimentado

para nuevas mañanas con cuello de muchacha

y flores de gacela.

Habéis conducido a mí…

mas yo soy el que canta

yo sólo… sí… yo sólo…

que contengo un otoño bajo mis suelas rotas

de vagabundo dios de las  bodegas.

Han desaparecido las nubes

y diviso las primeras estrellas

de los rojos equinoccios de marzo.  

 

Miguel Labordeta

16 de julio de 1921

Zaragoza

lunes, 15 de julio de 2024

DESTINO

 


DESTINO

 

Lo sabéis amigos

no volveremos más.

La virtud de la lluvia

se aniquila en los soles

y el viento entre las flores

se sumerge en la sangre de los toros.

Sólo los viejos vagabundos al morir

pueden saber quizá

el secreto de la hora derramada

y el porqué de la mujer húmeda en estío.

Pero nosotros no. No podemos volver.

Es imposible calavera mariposa

el tiempo entre la niebla seducido.

Somos nosotros mismos

el ritmo pereciente

y nuestro gesto

la invisible caracola de la muerte

primavera pura aniquilada

en incesantes mundos destruidos.

Nada más. Tan sólo eso.

Un levantar baldío de los brazos

para recoger el mar que se nos huye

pletórico de ahogados y de olvidos.

Un lamento también

y un querer crear agujeros

en el agua mansa de los recién nacidos.

Mientras os alejáis

cantando juventudes

yo permanezco aquí

mudo y atónito

como un muerto inmortal

soñando vida inmensa

y una antigua e inconcebible libertad.

No volveremos más.

Es cierto amigos.

Atardece.

La estatua el árbol la hormiga

y esta pena mía tan hermosa

se confunden en la mente ignorada de las manos.

35 segundos han pasado en mi reloj de Pulsera.  

 

Miguel Labordeta

16 de julio de 1921

Zaragoza