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sábado, 11 de octubre de 2025

ENCUENTRO

 


ENCUENTRO

 

No me abandones tú, tristeza mía,

sobre el camino

que azota el viento extraño

con su cálido soplo, y cede; cara

tristeza al viento que se extingue; y empujada

por éste hacia la rada,

donde la última voz exhala el día,

viaja una niebla, alta se pliega un ala

de comorán.

 

El tajo al lado del torrente, estéril

de aguas, vivo de piedras y  argamasas;

tajo de humanos actos consumidos,

de mortecinas vidas declinando

más allá del confín

que en círculo se cierra: rostros secos,

manos, caballos en hilera, ruedas

chirriantes: vidas no: vegetaciones

del otro mar que la oleada vence.

 

Se avanza en el camino de cuajado

lodo sin rastro

como una procesión de encapuchados

bajo la rota bóveda, caída

casi hasta reflejar escaparates,

en un aire que envuelve nuestros pasos

denso e iguala los sargazos

humanos fluctuando en las cortinas

de bambú murmurante.

 

Si me abandonas tú, tristeza, único

presagio vivo en este nimbo, siento

que alrededor de mí se extiende

un rumor como de esferas cuando

una hora está próxima a sonar;

y caigo inerte en la apagada espera

del que no teme ya

en esta orilla sorprendida por la ola

lenta, que no aparece.

 

Tal vez vuelva a tener una apariencia:

en la rasante luz

un movimiento que conduce junto

a una mísera rama que en un tiesto

crece sobre una puerta de hostería.

A ella tiendo la mano, hacerse mía

siento otra vida, huella de una forma

que me fue arrebatada; y como anillos

en los dedos no hojas se me enroscan

sino cabellos.

 

Y nada más después. ¡Oh sumergida!:

desapareces como habías venido

y nada sé de ti.

Tu vida es tuya aún: entre las raras

vibraciones del día ya esparcida.

Ruega por mí,

para que yo descienda otro camino

distinto de una calle de ciudad,

en el aire perdido, ante el tropel

de los vivos; que te sienta a mi lado, que

descienda sin ruindad.

 

Eugenio Montale

12 de octubre de 1896

Génova – Italia

sábado, 26 de octubre de 2024

DOS EN EL CREPÚSCULO

 


DOS EN EL CREPUSCULO

 

Fluye entre tú y yo en el mirador

un claror submarino que deforma

perfiles de colinas y tu rostro.

Está en un fondo huidizo, cada gesto

tuyo es ajeno a ti; entra sin huella

y se esfuma, en el medio que cubre

cada estela, cerrándose a tu paso:

tú aquí conmigo, en este aire bajado

para sellar el sopor de las rocas.

                                                    Yo, caído

en el poder que pesa en torno, cedo

al sortilegio de no reconocer

de mí ya nada fuera de mí: si alzo

el brazo apenas, se me vuelve ajeno

mi acto, se parte en un cristal, ignota

y oscurecida memoria, y ya

el gesto no me pertenece; si hablo,

yo escucho atónito aquella voz

descender a su gama más remota

o muerta en el aire que no la sostiene.

Así, en el punto que resiste a la última

consunción de la luz,

dura el desmayo; y luego un soplo eleva

los valles en frenético temblor

y arranca de las frondas un rumor

muy leve que se extiende

entre rápidos humos y las luces primeras

dibujas los muelles.

                                     …las palabras

entre nosotros caen suaves. Te miro

en un blando reflejo. Yo no sé

si te conozco; sé que nunca estuve

de ti tan separado como en este tardío

retorno. Unos instantes han quemado

todo de nosotros: salvo dos rostros,

dos máscaras donde se graba una sonrisa

desganada.

 

Eugenio Montale

12 de octubre de 1896

Milán – Italia