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jueves, 25 de junio de 2026

JUEGOS DEL ALMA

 


JUEGOS DEL ALMA

 

Mientras yo a carcajadas me reía,

en otra habitación Margot lloraba;

¡Qué contraste formó con mi alegría

la pena que su llanto revelaba!

 

Corro al instante a verla y la pregunto:

¿Por qué con tal dolor estás llorando?

Di… ¿Por qué gritas? Y responde al punto

es porque estoy a lágrimas jugando.

 

¿Cómo? ¡Jugar a lágrimas! ¡Ignoras

lo que dices Margot! ¡Vives de prisa!

Mientras tú alegre juegas a que lloras

yo estoy con mi dolor jugando a risa.

 

Juan de Dios Peza

29 de junio de 1852

Ciudad de México – México


jueves, 26 de junio de 2025

EN MI BARRIO



EN MI BARRIO

 

 

Sobre la rota ventana antigua

con tosco alféizar, con puerta exigua,

que hacia la oscura callejada,

pasmando al vulgo como estantigua

tallada en piedra, la santa esta.

 

Borró la lluvia los mil colores

que hubo en su manto y en su dosel;

y recordando tiempos mejores,

guarda amarillas y secas flores

de las verbenas del tiempo aquel.

 

El polvo cubre sus aureolas,

las telarañas visten su faz,

nadie a sus plantas riega amapolas,

y ve la santa las calles solas,

la casa triste, la gente en paz.

 

Por muchos años allí prendido,

único adorno del tosco altar,

flota un guiñapo descolorido,

piadosa ofrenda que no ha caído

de las desgracias al hondo mar.

 

A arrebatarlo nade se atreve,

símbolo antiguo de gran piedad,

mira del tiempo la marcha breve;

y cuando el aire lo empuja y mueve

dice a los años: pasad, pasad.

 

¡Pobre guiñapo que el aire enreda!

¡Qué amarga y muda lección me da!

La vida pasa, y el mundo rueda,

y siempre hay algo que se nos queda

de tanto y tanto que se nos va.

 

Tras esa virgen oscura piedra

que a nade inspira santo fervor,

todo el pasado surge y me arredra;

escombros míos, yo soy la yedra;

¡nidos desiertos, yo fui el amor!

 

 

Altas paredes desportilladas

cuyos sillares sin musgo v,

¡cuántas memorias tenéis guardadas!

Níveas corinas, jaulas doradas,

tiestos azules… ¡no estáis aquí!

 

En mis azarosa vida revuelta

fue de esta casa dueño y señor,

¿do está la ninfa, de crencha suelta,

de grandes ojos, blanca y esbelta,

que fue mi encanto, mi fe, mi amor?

 

¡Oh mundo ingrato, cuántos reveses

en ti he sufrido! La tempestad

todos mis campos dijo sin mieses…

la niña duerme bajo los cipreses,

su sueño arrulla la eternidad.

 

¡Todo ha pasado! ¡Todo ha caído!

Solo en mi pecho queda la fe,

como el guiñapo descolorido

que a la escultura flota prendido…

¡Todo se ha muerto! ¡Todo se fue!

 

Pero ¡qué amarga, profunda huella

llevo en mi pecho!... ¡Cuán triste estoy!...

La fe radiante como una estrella,

la casa alegre, la niña bella,

el perro amigo… ¿Dónde están hoy?

 

¡Oh calle sola, vetusta casa!

¡angostas puertas de aquel balcón!

Si todo muere, si todo pasa

¿por qué esta fiebre que el pecho abrasa

no ha consumido mi corazón?

 

Ya no hay macetas llenas de flores

que convirtieran en un pensil

Azotehuelas y corredores…

Ya no se escuchan frases de amores,

ni hay golondrinas del mes de abril.

 

Frente a la casa la cruz cristiana

del mismo templo donde rezó,

las mismas misas de la mañana,

la misa torre con la campana

que entre mis brazos la despertó.

 

Vetusta casa, mansión desierta,

mírame solo volviendo a ti…

arrodillado beso tu puerta

creyendo loco que aquella muerta

adentro espera pensando en mí.

 

 

Juan de Dios Peza

29 de junio de 1852

Ciudad de México

 


sábado, 29 de junio de 2024

UN CONSEJO DE FAMILIA

 


UN CONSEJO DE FAMILIA

 

¿Quién en la miseria y el amor concilia?

Esto más que un problema es un misterio.

Para hablar de un asunto que es tan serio,

hubo ayer un consejo de familia.

 

Hizo de presidente del concejo

un hombrecito al que la edad agobia,

y que además del chiste de ser viejo,

es, nada menos, padre de mi novia.

 

A su lado, y en cómoda poltrona,

con franco y natural desembarazo,

esta una señora setentona

con un perro faldero en el regazo.

 

Y en derredor, con rostros muy severos,

prontos a discutir y meter baza,

estaban cual prudentes consejeros

seis a siete visitas de la casa.

 

Y entre todos, causando maravilla,

de gracia y juventud, rico tesoro,

como un ángel, sentada en una silla

estaba la mujer a quien adoro.

 

Con que, vamos a ver, dijo indiscreta

la madre, por anciana impertinente,

¿es verdad que eres novia de un poeta?

¿Sueñas con los laureles de su frente?

 

-Puesto que lo sabéis, dijo la niña,

no lo puedo negar: le quiero mucho.

-Mereces, dijo el padre, que te riña.

Y la anciana exclamó: -‘¡Cielos! ¡qué escucho!

 

¡Blasfemia intolerable que me irrita!

-¡Habráse visto niña descarada!

Dijo en tono burlón una visita

pegándose en la frente una palmada.

 

-Los versos nada más son oropeles.

Dijo la anciana en tono reposado,

y apuesto que no sirven sus laureles

ni para sazonar el estofado.

 

¡Un novio soñador y sin dinero!

Hija, esto sí que nadie lo perdona;

ya que tiene corona y no sombrero,

fuera mejor usara su corona.

 

-Los hombres, dijo el padre, son perversos

pero más los poetas de hoy en día.

Quizá te piense alimentar con versos,

y eso vas a comer ¡pobre hija mía!

 

-O, quizá sabe, agregó con triste acento

una visita, al parecer piadosa,

si se irán a poblar el firmamento

o a vivir en el cáliz de una rosa.

 

-Puede ser, interrumpe otra persona,

que intente levantar, llegado el caso,

a orillas de la fuente de Helicona,

un palacio en las faldas de Parnaso.

 

El regalo de boda, amigo mío,

tendrá joyas riquísimas y bellas

junto a un collar de perlas del rocío,

el manto azul del cielo y sus estrellas.

 

Envidia te tendrán los serafines,

pues tendrás, deleitando tu hermosura,

una alfombra de nardos y jazmines

y un ruiseñor que cante en la espesura.

 

El marido feliz te dará un beso

diciendo: ¡tengo un ángel por esposa!

¿Y a la hora de comer? ¡quién piensa en eso!

¡para el poeta la comida es prosa!

 

Un coro de estridentes carcajadas

satíricas, terribles, infernales,

convirtió las mejillas en granadas

al ángel de mis sueños celestiales.

 

-¿Conque piensas seguir esos amores,

tú, la más infeliz de las mujeres,

piensas con el aroma de las flores

vivir entre la dicha y los placeres?

 

¿A qué alta sociedad, hija querida

te llevará ese amor del cual abusas?

¡Ha de ser muy monótona la vida,

sin tener más vistas que las musas!

 

Otra risa estalló ¡bendita risa!

Entonces ella abandonó su asiento,

y con grave ademán y muy de prisa

salió, sin vacilar, del aposento.

 

Lamáronla mil veces, poero ella,

espléndida, graciosa, soberana,

como asoma en los cielos una estrella

el rostro fue a asomar a la ventana.

 

-¡Ven, me dijo, mitad del alma mías.

Dicen que amarte es prueba de torpeza,

que por pobre te olvidé ¡qué ironía!

Que te deje por pobre -¡qué tristeza!

 

Como no te comprender, ya por eso

destruir mis amores se concilia.

Yo siempre seré tuya: dame un beso;

¡se ha lucido el consejo de familia!


Juan de Dios Peza

29 de junio de 1852

Ciudad de México