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viernes, 4 de septiembre de 2026

ES OLVIDO



ES OLVIDO

 

Juro que no recuerdo ni su nombre,

Mas moriré llamándola María,

No por simple capricho de poeta:

Por su aspecto de plaza de provincia

¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,

Ella una joven pálida y sombría.

Al volver una tarde del Liceo

supe de la su muerte inmerecida,

nueva que me causó tal desengaño

que derramé una lágrima al oírla.

Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!

Y eso que soy persona de energía.

Si he de conceder crédito a lo dicho

por la gente que trajo la noticia

debo creer, sin vacilar un punto,

que murió con mi nombre en las pupilas.

Hecho que me sorprende, porque nunca

fue para mí otra cosa que una amiga.

Nunca tuve con ella más que simples

relaciones de estricta cortesía,

nada más que palabras y palabras

y una que otra mención de golondrinas.

La conocí en mi pueblo (de mi pueblo

sólo queda una puñado de cenizas),

pero jamás ví en ella otro destino

que el de una joven triste y pensativa

tanto fue así que hasta llegué a tratarla

con el celeste nombre de María,

circunstancia que prueba claramente

la exactitud central de mi doctrina.

Puede ser que una vez la haya besado,

¡Quién es el que no besa a sus amigas!

Pero tened presente que lo hice

sin darme cuenta bien de lo que hacía.

No negaré, eso sí, que me gustaba

su inmaterial y vaga compañía

que era como el espíritu sereno

que a las flores domésticas anima.

Yo no puedo ocultar de ningún modo

la importancia que tuvo su sonrisa

ni desvirtuar el favorable influjo

que hasta en las mismas piedras ejercía.

Agreguemos, aún, que de la noche

fueron sus ojos fuente fidedigna.

Mas, a pesar de todo, es necesario

que comprendan que yo no la quería

sino con ese vago sentimiento

con que a un pariente enfermo se designa.

Sin embargo sucede, sin embargo

lo que a esta fecha aún me maravilla,

ese inaudito y singular ejemplo

de morir con mi nombre en las pupilas,

ella, múltiple rosa inmaculada,

ella que era una lámpara legítima.

Tiene razón, mucha razón, la gente

que se pasa quejando noche y día

de que el mundo traidor en que vivimos

vale menos que rueda detenida:  

mucho más honorable es una tumba,

vale más una hoja enmohecida.

Nada es verdad, aquí nada perdura,

ni el color del cristal con que se mira.

 

Hoy es un día azul de primavera,

creo que moriré de poesía,

de esa famosa joven melancólica

no recuerdo ni el nombre que tenía.

Sólo sé que pasó por este mundo

como una paloma fugitiva:

la olvidé sin quererlo, lentamente,

como todas las cosas de la vida.

 

Nicanor Parra

5 de septiembre de 1914

La Reina – Chile

 


domingo, 21 de septiembre de 2025

A RECORRER ME DEDIQUÉ ESTA TARDE...

 


A RECORRER ME DEDIQUÉ ESTA TARDE…

 

A recorrer me dediqué esta tarde

las solitarias calles de mi aldea

acompañado por el buen crepúsculo

que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño

y su difusa lámpara de niebla,

sólo que el tiempo lo ha invadido todo

con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante

volver a ver esta querida tierra,

pero ahora que he vuelto no comprendo

cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas

ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas

en la torre más alta de la iglesia;

el caracol en el jardín; y el musgo

en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, este es el reino

del cielo azul y de las hojas secas

en donde todo y cada cosa tiene

su singular y plácida leyenda:

hasta en la propia sombra reconozco

la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables

que presenció mi juventud primera,

el correo en la esquina de la plaza

y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe

uno apreciar la dicha verdadera,

cuando la imaginamos más lejana

es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice

que la vida no es más que una quimera;

una ilusión, un sueño sin orillas,

una pequeña una nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo,

la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio

cuando emprendí mi singular empresa

una tras otra, en oleaje mudo,

al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas

y cuando estuve frente a la arboleda

que alimenta el oído del viajero

con su inefable música secreta

recordé el mar y enumeré las hojas

en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje

como quien de la v ida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,

me detuve delante de una tienda:

el olor del café siempre es el mismo,

siempre la misma luna en mi cabeza;

entre el río de entonces y el de ahora

no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol

que mi padre plantó frente a la puerta

(ilustre padre que en sus buenos tiempos

fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su  conducta

era un trasunto fiel de la Edad Media

cuando el perro dormía dulcemente

bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve

el delicado olor de las violetas

que mi amorosa madre cultivaba

para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces

no podría decirlo con certeza;

todo está igual, seguramente,

el vino y el ruiseñor encima de la mesa,

mis hermanos menores a esta hora

deben venir de vuelta de la escuela:

¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo

como una blanca tempestad de arena!

 

Nicanor Parra

5 de septiembre de 1914

San Fabián de Alico – Chile

 

domingo, 8 de septiembre de 2024

SOLILOQUIO DEL INDIVIDUO

 


SOLILOQUIO DEL INDIVIDUO

 

Yo soy el individuo.

Primero viví en una roca

(Allí grabé algunas firmas).

Luego busqué un lugar más apropiado.

Yo soy el individuo.

Primero tuve que procurarme alimentos,

buscar peces, pájaros, buscar leña,

(Y me preocuparía de los demás asuntos).

Hacer una fogata,

leña, leña, donde encontrar un poco de  leña.

Algo de leña para hacer una fogata,

yo soy el individuo.

Al mismo tiempo me pregunté,

fui a un abismo lleno de aire;

me respondió una voz:

yo soy el individuo.

Después traté de cambiarme a otra roca,

allí también grabé figuras,

grabé un río, búfalos,

grabé una serpiente,

yo soy el individuo.

Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,

el fuego me molestaba,

quería ver más,

yo soy el individuo.

Bajé a un valle regado por un río,

allí encontré lo que necesitaba,

encontré un pueblo salvaje,

una tribu,

yo soy el individuo.

Vi que allí se hacían algunas cosas,

figuras grababan en las rocas,

hacían fuego, ¡también hacía fuego!

Yo soy el individuo.

Me preguntaron que de dónde venía,

contesté que sí, que no tenía planes determinados

contesté que no, que de allí en adelante.

Bien.

Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río

y empecé a trabajas con ella,

empecé a pulirla.

De ella hice una parte de mi propia vida.

Pero esto es demasiado largo.

Corté unos árboles para navegar,

buscaba peces,

buscaba diferentes cosas,

(Yo soy el individuo),

hasta que me empecé a aburrir nuevamente.  

Las tempestades aburren.

Los truenos, los relámpagos,

yo soy el individuo.   

Bien. Me puse a pensar un poco,

preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.

Falsos problemas.

Entonces empecé a vagar por unos bosques.

Llegué a un árbol y a otro árbol;

llegué a una fuente,

a una fosa en que se veían algunas ratas:

aquí vengo yo, dije entonces.

¿Habéis visto por aquí una tribu,

un pueblo salvaje que hace fuego?

De este modo me desplacé hacia el oeste

acompañado por otros seres,

o más bien solo.

Para ver hay que creer, me decían,

yo soy el individuo.

Formas veía en la oscuridad,

nubes tal vez,

tal vez veía nubes, veía relámpagos,

a todo esto habían pasado ya varios días,

yo me sentía morir;

inventé unas máquinas,

construí relojes,

armas, vehículos,

yo soy el individuo.

Años más tarde concebí unas cosas.

Unas formas,

crucé las fronteras

y permanecí fijo en una especie de nicho,

en una barca que navegó cuarenta días,

cuarenta noches,

yo soy el individuo.

Luego vinieron unas sequías,

vinieron una guerras,

tipos de color entraron al valle,

pero yo debía seguir adelante,

debía producir.  

Produje ciencia, verdades inmutables,

produje tanagras,

di a luz libros de miles de páginas,

se me hinchó la cara,

construí un fonógrafo,

la máquina de coser,

empezaron a aparecer los primeros automóviles,

yo soy el individuo.

Alguien segregaba planetas,

¡Árboles segregaba!

Pero yo segregaba herramientas,

muebles, útiles de escritorio,

yo soy el individuo.

Se construyeron también ciudades,

Rutas

instituciones religiosas pasaron de moda,

buscaban dicha, buscaban felicidad,

yo soy el individuo.

Después me dediqué mejor a viajar,

a practicar, a practicar idiomas,

idiomas,

yo soy el individuo.

Miré por una cerradura,

sí, miré qué digo, miré,

para salir de la duda miré,

detrás de unas cortinas,

yo soy el individuo.

Bien.

Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,

a esa roca que me sirvió de hogar,

y empiece a grabar de nuevo,

de atrás para adelante grabar

el mundo al revés.

Pero no: la vida no tiene sentido.

 

Nicanor Parra

5 de septiembre de 1914

La Reina – Chile

viernes, 6 de septiembre de 2024

EL HOMBRE IMAGINARIO

 


EL HOMBRE IMAGINARIO

 

El hombre imaginario

vive en una mansión imaginaria

rodeada de árboles imaginarios

a la orilla de un río imaginario.

 

De los muros que son imaginarios

penden antiguos cuadros imaginarios

irreparables grietas imaginarias

que representan hechos imaginarios

ocurridos en mundos imaginarios

en lugares y tiempos imaginarios.

 

Todas las tardes imaginarias

sube las escaleras imaginarias

y se asoma al balcón imaginario

a mirar el paisaje imaginario

que consiste en un valle imaginario

circundando de cerros imaginarios.

 

Sombras imaginarias

vienen por el camino imaginario

entonando canciones imaginarias

a la muerte del sol imaginario.

 

Y en las noches de luna imaginaria

sueña con la mujer imaginaria

que le brindó su amor imaginario

vuelve a sentir ese mismo dolor

ese mismo placer imaginario

y vuelve a palpitar

el corazón del hombre imaginario.

 

Nicanor Parra

5 de septiembre de 1914

La Reina – Chile