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lunes, 24 de agosto de 2026

ALGUIEN



ALGUIEN

 

Un hombre trabajado por el tiempo,

un hombre que ni siquiera espera la muerte

(las pruebas de la muerte son estadísticas

y nadie hay que no corra el albur

de ser el primer inmortal),

un hombre que ha aprendido a agradecer

las molestias limosnas de los días:

el sueño, la rutina, el sabor del agua,

una no sospechada etimología,

un verso latino o sajón,

la memoria de una mujer que lo ha abandonado

hace ya tantos años

que hoy puede recordarla sin amargura,

un hombre que no ignora que el presente

ya es el porvenir y el olvido,

un hombre que ha sido desleal

y con el que fueron desleales,

puede sentir de pronto, al cruzar la calle,

una misteriosa felicidad

que no viene del lado de la esperanza

sino de una antigua inocencia,

de su propia raíz o de un dios disperso.

 

Sabe que uno debe mirarla de cerca,

porque hay razones más terribles que tigres

que le demostrarán su obligación

de ser un desdichado,

pero humildemente recibe

esa felicidad, esa ráfaga.

 

Quizá en la muerte para siempre seremos,

cuando el polvo sea polvo,

esa indescifrable raíz,

de la cual para siempre crecerá,

ecuánime o atroz,

nuestro solitario cielo o infierno.

 

Jorge Luis Borges

24 de agosto de 1899

Buenos Aires – Argentina

 

domingo, 23 de agosto de 2026

LOS ESPEJOS

 


LOS ESPEJOS

 

Yo que sentí el horror de los espejos

no sólo ante el cristal impenetrable

donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos

 

sino ante el agua especular que imita

el otro azul en su profundo cielo

que a veces raya el ilusorio vuelo

del ave inversa o que un temblor agita.

 

Y ante la superficie silenciosa

del ébano sutil cuya tersura

repite como un sueño la blancura

de un vago mármol o una vaga rosa,

 

Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos.

 

Espejos de metal, enmascarado

espejo de caoba que en la bruma

de su rojo crepúsculo disfuma

ese rostro que mira y es mirado,

 

Infinitos los veo, elementales

ejecutores de un antiguo pacto,

multiplicar el mundo como el acto

generativo, insomnes y fatales.

 

Prolonga este vano mundo incierto

en su vertiginosa telaraña;

a veces en la tarde los empaña

el Hálito de un hombre que no ha muerto.

 

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro

paredes de la alcoba hay un espejo,

ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo

que arma en el alba un sigiloso teatro.

 

Todo acontece y nada se recuerda

en esos gabinetes cristalinos

donde, como fantásticos rabinos,

leemos los libros de derecha a izquierda.

 

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,

no sintió que era un sueño hasta aquel día

en que un actor mimó su felonía

con arte silencioso, en un tablado.

 

Que haya sueños es raro, que haya espejos,

que el usual y gastado repertorio

de cada día incluya el ilusorio

orbe profundo que urden los reflejos.

 

Dios (he dado en pensar) pone un empeño

en toda esa inasible arquitectura

que edifica la luz con la tersura

del cristal y la sombra con el sueño.

 

Dios ha creado las noches que se arman

de sueños y las formas del espejo

para que el hombre sienta que es reflejo

y vanidad. Por eso nos alarman.

 

Jorge Luis Borges

24 de agosto de 1899

Buenos Aires – Argentina

sábado, 24 de agosto de 2024

LO PERDIDO

 


LO PERDIDO

 

¿Dónde estará mi vida, la que pudo

haber sido y no fue, la venturosa

o la de triste horror, esa otra cosa

que pudo ser la espada o el escudo

 

y que no fue? ¿Dónde estará el perdido

antepasado persa o el noruego,

dónde el azar de no quedarme ciego,

dónde el ancla y el mar, dónde el olvido

 

de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura

noche que al rudo labrador confía

el iletrado y laborioso día,

 

según lo quiere la literatura?

Pienso también en esa compañera

que me esperaba, y que tal vez me espera.

 

Jorge Luis Borges

24 de agosto de 1899

Buenos Aires – Argentina

 

miércoles, 30 de agosto de 2023

POEMA DE LOS DONES

 


POEMA DE LOS DONES

 

 

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

 

De esta ciudad de libros hizo dueños

a unos ojos sin luz, que sólo pueden

leer en las bibliotecas de los sueños

los insensatos párrafos que ceden

 

las albas a su afán. En vano el día

les prodiga sus libros infinitos,

arduos como los arduos manuscritos

que perecieron en Alejandría.

 

De hambre y sed (narra una historia griega)

muere un rey entre fuentes y jardines;

yo fatigo sin rumbo los confines

de esa alta y honda biblioteca ciega.

 

Enciclopedias, atlas, el Oriente

y el Occidente, siglos, dinastías,

símbolos, cosmos y cosmogonías

brindan los muros, pero inútilmente.

 

Lento en mi sombra, la penumbra hueca

exploro con el báculo indeciso,

yo, que me figuraba el Paraíso

bajo la especie de una biblioteca.

 

Algo, que ciertamente no se nombra

con la palabra azar, rige estas cosas;

otro ya recibió en otras borrosas

tardes los muchos libros y la sombra.

 

Al errar por las lentas galerías

suelo sentir con vago horror sagrado

que soy el otro, el muerto, que habrá dado

los mismos pasos en los mismos días.

 

¿Cuál de los dos escribe este poema

de un yo plural y de una sola sombra?

¿Qué importa la palabra que me nombra

si es indiviso y uno el anatema?

 

Groussac o Borges, miro este querido

mundo que se deforma y que se apaga

en una pálida ceniza vaga

que se parece al sueño y al olvido.

 

Jorge Luis Borges

24 de agosto de 1899

Buenos Aires

 

martes, 29 de agosto de 2023

NI SIQUIERA SOY POLVO

 


NI SIQUIERA SOY POLVO

 

 

No quiero ser quien soy. La avara suerte

me ha deparado el siglo diecisiete,

el polvo y la rutina de Castilla,

las cosas repetidas, la mañana

que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,

la plática del cura y del barbero,

la soledad que va dejando el tiempo

y una vaga sobrina analfabeta.

Soy hombre entrado en años. Una página

casual me reveló no usadas voces

que me buscaban, Amadís y Urganda.

Vendí mis tierras y compré los libros

que historian cabalmente las empresas:

el Grial, que recogió la sangre humana

que el Hijo derramó para salvarnos,

el ídolo de oro de Mahoma,

los hierros, las almenas, las banderas

y las operaciones de la magia.

Cristianos caballeros recorrían

los reinos de la tierra, vindicando

el honor ultrajado o imponiendo

justicia con los filos de la espada.

Quiera Dios que un enviado restituya

a nuestro tiempo ese ejercicio noble.

Mis sueños lo divisan. Lo he sentido

a veces en mi triste carne célibe.

No sé aún su nombre. Yo, Quijano,

seré ese paladín. Seré mi sueño.

En esta vieja casa hay una adarga

antigua y una hoja de Toledo

y una lanza y los libros verdaderos

que a mi brazo prometen la victoria.

¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)

no proyecta una cara en el espejo.

Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño

que entreteje en el sueño y la vigilia

mi hermano y padre, el capitán Cervantes,

que militó en los mares de Lepanto

y supo unos latines y algo de árabe…

Para que yo pueda soñar al otro

cuya verde memoria será parte

de los días del hombre, te suplico:

mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.

 

Jorge Luis Borges

24 de agosto de 1899

Buenos Aires