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jueves, 2 de abril de 2026

MÁS ALLÁ DEL AMOR

 


MÁS ALLÁ DEL AMOR

 

Todo nos amenaza:

el tiempo, que en vivientes fragmentos divide

al que fui

del que seré,

como el machete a la culebra;

la conciencia, la transparencia traspasada,

la mirada ciega de mirarse mirar;

las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba

el agua, la piel;

nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,

murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.

 

Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,

ni el delirio y su espuma profética,

ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan.

Más allá de nosotros,

en las fronteras del ser y el estar,

una vida más vida nos reclama.

 

Afuera la noche respira, se extiende,

llena de grandes hojas calientes,

de espejos que combaten:

frutos, garras ojos, follajes,

espaldas que relucen,

cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

 

Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,

de tanta vida que se ignora y se entrega:

tú también perteneces a la noche.

Extiéndete, blancura que respira,

late, oh estrella repartida,

copa,

pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,

pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.

 

Octavio Paz

31 de marzo de 1914

Ciudad de México – Mejico

lunes, 31 de marzo de 2025

CUERPO A LA VISTA



CUERPO A LA VISTA

 

Y las sombras se abrieron otra vez

y mostraron su cuerpo;

tu pelo. Otoño espeso, caída de agua solar,

tu boca y la blanca disciplina

de tus dientes caníbales,

prisioneros en llamas,

tu piel de pan apenas dorado

y tus ojos de azúcar quemada,

sitios en donde el tiempo no transcurre,

valles que sólo mis labios conocen,

desfiladero de la una que asciende

 a tu garganta entre tus senos,

cascada petrificada de la nuca,

alta meseta de tu vientre,

playa sin fin de tu costado.

 

Tus ojos son los ojos fijos del tigre

y un minuto después

son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos

como la espalda del río a la luz del incendio.

 

Aguas dormidas golpean día y noche

tu cintura de arcilla

y en tus costas,

inmensas como los arenales de la luna,

el viento sopla por mi boca

y un largo quejido cubre con sus dos alas grises

la noche de los cuerpos,

como la sombra del águila la soledad del páramo.

 

Las uñas de los dedos de tus pies

están hechas del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,

bahía donde el mar de noche se aquieta,

negro caballo de espuma,

cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,

boca de horno donde se hacen las hostias,

sonrientes labios entreabiertos y atroces,

nupcias de la luz y la sombra,

de lo visible y lo invisible

(allí espera la carne su resurrección

y el día de la vida perdurable).

 

Patria de sangre,

única tierra que conozco y me conoce,

única patria en la que creo,

única puerta al infinito.

 

Octavio Paz

31 de marzo de 1914

Ciudad de México – México


lunes, 1 de abril de 2024

LA VIDA SENCILLA

 


LA VIDA SENCILLA

 

 

Llamar al pan y que aparezca

sobre el mantel el pan de cada día;

darle al sudor lo suyo y darle al sueño

y al breve paraíso y al infierno

y al cuerpo y al minuto lo que piden;

reír como el mar ríe, el viento ríe,

sin que la risa suene a vidrios rotos;

beber y en la embriaguez asir la vida,

bailar el baile sin perder el paso,

tocar la mano de un desconocido

en un día de piedra y agonía

y que esa mano tenga la firmeza

que no tuvo la mano del amigo;

probar la soledad sin que el vinagre

haga torcer mi boca, ni repita

mis muecas el espejo, ni el silencio

se erice con los dientes que rechinan:

estas cuatro paredes, papel, yeso,

alfombra rala y foco amarillento?

no son aún el prometido infierno;

que no me duela más aquel deseo,

helado por el miedo, llaga fría,

quemadura de labios no besados:

el agua clara nunca se detiene

y hay frutas que se caen de maduras;

saber partir el pan y repartirlo,

el pan de una verdad común a todos,

verdad de pan que a todos nos sustenta,

por cuya levadura soy un hombre,

un semejante entre mis semejantes;

pelear por la vida de los vivos,

dar la vida a los vivos, a la vida,

y enterrar a los muertos y olvidarlos

como la tierra los olvida: en frutos…

Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos y del polvo.

 

Octavio Paz

31 de marzo de 1914

Ciudad de México (México)

viernes, 31 de marzo de 2023

ELEGÍA INTERRUMPIDA

 


ELEGÍA INTERRUMPIDA

 

 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

Al primer muerto nunca lo olvidamos,

aunque muera de rayo, tan aprisa

que no alcance la cama ni los óleos.

Oigo el bastón que duda en un peldaño,

el cuerpo que se afianza en un suspiro,

la puerta que se abre, el muerto que entra.

De una puerta a morir hay poco espacio

y apenas queda tiempo de sentarse,

alzar la cara, ver la hora

y enterarse: las ocho y cuarto.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

La que murió noche tras noche

y era una larga despedida,

un tren que nunca parte, su agonía.

Codicia de la boca

al hilo de un suspiro suspendida,

ojos que no se cierran y hacen señas

y vagan de la lámpara a mis ojos,

fija mirada que se abraza a otra,

ajena, que se asfixia en el abrazo

y al fin se escapa y ve desde la orilla

cómo se hunde y pierde cuerpo el alma

y no encuentra unos ojos a que asirse…

¿Y me invitó a morir esa mirada?

Quizá morimos sólo porque nadie

quiere morirse con nosotros, nadie

quiere mirarnos a los ojos.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

Al que se fue por unas horas

y nadie sabe en qué silencio entró.

De sobremesa, cada noche,

la pausa sin color que da al vacío

o la frase sin fin que cuelga a medias

del hilo de la araña del silencio

abren un corredor para el que vuelve:

suenan sus pasos, sube, se detiene…

Y alguien entre nosotros se levanta y cierra bien la puerta.

Pero él, allá del otro lado, insiste.

Acecha en cada hueco, en los repliegues,

vaga entre los bostezos, las afueras.

Aunque cerremos puertas, él insiste.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

Rostros perdidos en mi frente, rostros

sin ojos, ojos fijos, vaciados,

¿busco en ellos acaso mi secreto,

el dios de sangre que mi sangre mueve,

el dios de yelo, el dios que me devora?

Su silencio es espejo de mi vida,

en mi vida su muerte se prolonga:

soy el error final de sus errores.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

El pensamiento disipado, el acto

disipado, los nombres esparcidos

(lagunas, zonas nulas, hoyos

que escarba terca la memoria),

la dispersión de los encuentros,

el yo, su guiño abstracto, compartido

siempre por otro (el mismo) yo, las iras,

el deseo y sus máscaras, la víbora

enterrada, las lentas erosiones,

la espera el miedo, el acto

y su reverso: en mí se obstinan,

piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,

beber el agua que les fue negada.

Pero no hay agua ya, todo está seco,

no sabe el pan, la fruta amarga,

amor domesticado masticado,

en jaulas de barrotes invisibles

mono onanista y perra amaestrada,

lo que devoras te devora,

tu víctima también es tu verdugo.

Montón de días muertos, arrugados

periódicos, y noches descorchadas

y amaneceres, corbata, nudo corredizo:

-saluda al sol, araña, no seas rencorosa…

Es un desierto circular el mundo,

el cielo está cerrado y el infierno vacío.

 

Octavio Paz

31 de marzo de 1914

Cuadro: "El estanque" de Paul Cézanne

miércoles, 4 de enero de 2023

PRIMERO DE ENERO

 


PRIMERO DE ENERO

 

 

Las puertas del año se abren,

como las del lenguaje,

hacia lo desconocido.

Anoche me dijiste:

mañana

habrá que trazar unos signos,

dibujar un paisaje, tejer una trama

sobre la doble página

del papel y del día.

Mañana habrá que inventar,

de nuevo,

la realidad de este mundo.

 

Ya tarde abrí los ojos.

Por el segundo de un segundo

sentí lo que el azteca,

acechando

desde el peñón del promontorio,

por las rendijas de los horizontes,

el incierto regreso del tiempo.

 

No, el año había regresado.

Llenaba todo el cuarto

y casi lo palpaban mis miradas.

El tiempo, sin nuestra ayuda,

había puesto,

en un orden idéntico al de ayer,

casas en la calle vacía,

nieve sobe las casas,

silencio sobre la nieve.

 

Tú estaban a mi lado,

aún dormida.

El día te había inventado

pero tú no aceptabas todavía

tu invención en este día.

Quizá tampoco la mía.

Tú estabas en otro día.

 

Estabas a mi lado

y yo te veía, como nieve,

dormida entre las apariencias.

El tiempo sin nuestra ayuda,

inventa casas, calles, árboles,

mujeres dormidas.

 

Cuando abras los ojos

caminaremos, de nuevo,

entre las horas y sus invenciones

y al demorarnos en las apariencias

daremos fe del tiempo y sus conjugaciones.

Abriremos las puertas de este día,

entraremos en lo desconocido.

 

Octavio Paz

Árbol adentro

Cuadro: "Apolo en el Parnaso" de Rafael Sanzio