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martes, 8 de septiembre de 2026

ME BASTA ASÍ

 


ME BASTA ASÍ

 

Si yo fuera Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

-de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

Yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mi mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando –luego- callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.

 

Ángel González

6 de septiembre de 1925

Oviedo

domingo, 6 de septiembre de 2026

EN TI ME QUEDO

 


EN TI ME QUEDO

 

De vuelta de una gloria inexistente,

después de haber avanzado un paso hacia ella,

retrocedo a velocidad indecible,

alegre casi como quien dobla la esquina de la

calle donde hay una reyerta,

llorando avergonzado como el adolescente

hijo de viuda sexagenaria y pobre

expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.

Estoy aquí,

donde yo siempre estuve,

donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

 

La soledad es un farol certeramente apedreado:

sobre ella me apoyo.

 

La esperanza es el quicio de una puerta

de la casa que fue desarraigada

de sus cimientos por los huracanes:

quicio-resquicio por donde entro y salgo

cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),

del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),

del todo (me haces daño) al nada (me lastima).

 

No importa, sin embargo.

 

Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente

la distancia que separa Tokio de Copenhague,

pero con más rapidez todavía

me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros

de mí mismo,

de prisa,

muy de prisa,

en un abrir y cerrar de ojos,

en sólo una diezmilésima de segundo,

lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora,

que me permite,

si mis cálculos son correctos,

estar en este instante aquí,

después mucho más lejos,

mañana en un lugar sitio a casi mil millas,

dentro de una semana en cualquier parte

de la esfera terrestre,

por alejada que os parezca ahora.

Consciente de esa circunstancia,

en muchas ocasiones emprendo largos viajes;

pero apenas me desplazo unos milímetros

hacia los destinos más remotos,

la nostalgia me muerde las entrañas,

y regreso a mi posición primera

alegre y triste a un tiempo

-como dije al principio:

alegre,

porque sé que tú eres mi patria,

amor mío;

y triste,

porque toda patria, para los que la amamos

-de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-

tiene también bastante de presidio.

 

Así,

en ti me quedo,

paseo largamente tus piernas y tus brazos

asciendo hasta tu boca, me asomo

al borde de tus ojos

doy la vuelta a tu cuello,

desciendo por tu espalda, 

cambio de ruta para recorrer tus caderas,

vuelvo a empezar de nuevo,

descansando en tu costado,

miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,

digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,

y si cierras los ojos cierro también los míos,

y me duermo a tu sombra como si siempre fuera

verano,

amor,

pensando vagamente

en el mundo inquietante

que se extiende –imposible- detrás de tu sonrisa.

 

Ángel González

6 de septiembre de 1925

Oviedo

 

lunes, 22 de septiembre de 2025

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ

 

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ..

 

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento…

 

Ángel González

6 de septiembre de 1925

Oviedo

lunes, 9 de septiembre de 2024

INVENTARIO DE LUGARES PROPICIOS AL AMOR

 


INVENTARIO DE LUGARES PROPICIOS AL AMOR

 

Son pocos.

La primavera está muy prestigiada, pero

es mejor el verano.

Y también esas grietas que el otoño

forma al interceder con los domingos

en algunas ciudades

ya de por sí amarillas como plátanos.

El invierno elimina muchos sitios:

quicios de puertas orientadas al norte,

orillas de los ríos,

bancos públicos.

Los contrafuertes exteriores

de las viejas iglesias

dejan a veces huecos

utilizables aunque caiga nieve.

Pero desengañémonos: las bajas temperaturas 

y los vientos húmedos lo dificultan todo.

Las ordenanzas, además, proscriben

la caricia (con exenciones

para determinadas zonas epidérmicas

-sin interés alguno-

en niños, perros y otros animales)

y el “no tocar, peligro de ignominia”

puede leerse en miles de miradas.

¿Adónde huir, entonces?

Por todas partes ojos bizcos,

corneas torturadas,

implacables pupilas,

retinas reticentes,

vigilan, desconfían, amenazan.

Queda quizá el recurso de andar solo,

de vaciar el alma de ternura

y llenarla de hastío e indiferencia,

en este tiempo hostil, propicio al odio.

 

Ángel González

6 de septiembre de 1925

Oviedo

sábado, 7 de septiembre de 2024

CIUDAD CERO

 


CIUDAD CERO

 

Una revolución.

Luego una guerra.

En aquellos dos años que eran

la quinta parte de toda mi vida,

ha había experimentado sensaciones distintas.

Imaginé más tarde

lo que es la lucha en calidad de hombre.

Pero como tal niño,

la guerra, para mí, era tan sólo:

suspensión de las clases escolares,

Isabelita en bragas en el sótano,

cementerios de coches, pisos

abandonados, hambre indefinible,

sangre descubierta

en la tierra o las losas de la calle,

un terror que duraba

lo que el frágil rumor de los cristales

después de la explosión,

y el casi incomprensible

dolor de los adultos,

sus lágrimas, su miedo,

su ira sofocada,

que, por algún resquicio,

entraban en mi alma

para desvanecerse luego, pronto,

ante uno de los muchos

prodigios cotidianos: el hallazgo

de una bala aún caliente,

el incendio

de un edificio próximo,

los restos de un saqueo

papeles y retratos en medio de la calle…

Todo pasó,

todo es borroso ahora, todo

menos eso que apenas percibía

en aquel tiempo

y que, años más tarde,

resurgió en mi interior, ya para siempre:

este miedo difuso,

esta ira repentina,

estas imprevisibles

y verdaderas ganas de llorar.

 

Ángel González

6 de septiembre de 1925

Oviedo