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miércoles, 8 de abril de 2026

MUJERES CONDENADAS

 

MUJERES CONDENADAS

 

Como bestias inmóviles tumbadas en la arena,

vuelven sus ojos hacia el marino horizonte,

y sus pies que se buscan y sus manos unidas,

tienen desmayos dulces y temblores amargos.

 

Las unas, corazones que aman las confidencias

En el fondo del bosque donde el arroyo canta,

Deletrean el amor de su pubertad tímida

Y marcan en el tronco a los árboles tiernos;

 

Las otras, como hermanas, andan graves y lentas,

A través de las peñas llenas de apariciones;

Donde vio san Antonio surgir como la lava

Aquellas tentaciones con los senos desnudos;

 

Y las hay, que a la luz de goteantes resinas,

En el hueco ya mudo de los antros paganos,

Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre.

¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!

 

Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios,

Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas,

Mezclan en las umbrías y solitarias noches,

La espuma del placer al llanto del suplicio.

 

Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires,

De toda realidad desdeñosos espíritus,

Ansiosas de infinito, devotas, sastiresas,

Ya crispadas de gritos, ay deshechas en llanto.

 

Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno,

¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión,

Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed

y las urnas de amor que vuestro pecho encierra.

 

Charles Baudelaire

9 de abril de 1821

Paris – Francia

miércoles, 9 de abril de 2025

LAS JOYAS

 


LAS JOYAS

 

Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos,

sólo había conservado las sonoras alhajas

cuyas preseas le otorgan el aire vencedor

que las esclavas moras tienen en días fastos.

 

Cuando en el aire lanza su sonido burlón

ese mundo radiante de pedrería y metal

me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí

las Cosas en que se une el sonido a la luz.

 

Ella estaba tendida y se dejaba amar,

sonriendo de dicha desde el alto diván

a mi pasión profunda y lenta como el mar

que ascendía hasta ella como hacia su cantil.

 

Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado,

con aire soñador ensayaba posturas

y el candor añadido a la lubricidad

nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;

 

y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos

pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes,

pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;

y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,

 

avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal

para turbar la paz en que mi alma estaba

y para separarla del peñón de cristal

donde se había instalado solitaria y tranquila.

 

Y creí ver unidos en un nuevo diseño

-tanto hacía su talle resaltar a la pelvis-

las caderas de Antíope al busto de un efebo,

¡soberbio era el afeite sobre su oscura tez!

 

-Y habiéndose la lámpara resignado a morir

como tan sólo elfuelo iluminada el cuarto,

cada vez que exhalaba un destello flamígero

inundaba de sangre su piel color del ámbar.

 

Charles Baudelaire

9 de abril 1821

Paris – Francia

martes, 9 de abril de 2024

LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO

 


LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO

 

 

La mujer, entre tanto, de su boca de fresa

retorciéndose como una sierpe entre brasas

y amasando su senos sobre el duro corsé,

decía estas palabras impregnadas de almizcle:

“Son húmedos mis labios y la ciencia conozco

de perder en el fondo de un lecho la conciencia,

seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.

Y hago reír a los viejos con infantiles risas.

Para quien me contempla desvelada y desnuda

reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas.

Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites,

cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos

o cuando a los mordiscos abandono mi busto,

tímida y libertina y frágil y robusta,

que en esos cobertores que de emoción se rinden,

impotentes los ángeles e perdieran por mi.”

 

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula

y muy lánguidamente me volvía hacia ella

a fin de devolverle un beso, sólo vi

rebosante de pus, un odre pegajoso.

Yo cerré los dos ojos con helado terror

y cuando quise abrirlos a aquella claridad,

a mi lado, en lugar del fuerte maniquí

que parecía haber hecho provisión de mi sangre,

en confusión chocaban pedazos de esqueleto

de los cuales se alzaban chirridos de veleta

o de cartel, al cabo de un vástago de hierro,

que balancea el viento en las noches de invierno.

  

 

Charles Baudelaire

9 de abril de 1821

París (Francia)