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lunes, 27 de abril de 2026

UN DÍA, CON EL ALBA, VOLVÍA SOLITARIO...

 


UN DÍA, CON EL ALBA, VOLVÍA SOLITARIO…

 

Un día, con el alba, volvía solitario

de mis cosas de hombre puedo ser hace tiempo.

La claridad nacía del fondo de las calles

como la pena nace del fondo de una copa.

 

Siempre se vuelve solo. No sé por qué las calles

parecen ten vacías cuando el amor termina.

A través de las puertas cerradas, se sentía

vagar los esposos por la humedad del sueño.

 

Nunca pude entenderlo. Nos subimos a un cuerpo

como se sube un niño a la rama más alta.

De pronto, bajo el cielo, el cuerpo, que era todo,

se nos va consumiendo debajo del abrazo.

 

De pronto comprobamos que nos falla la tierra,

que por algún resquicio la vida se derrama.

La plenitud redonda que llegó por el tacto,

por ese mismo tacto regresa y se disipa.

Por campos y tejadas resbalaban los cinco.

Muy cerca, un jazminero debía estar despierto.

Yo volvía cansado, como vuelven los hombres

que han donado su parte para el dolor del mundo.

 

La desnudez de un brazo. Un cuello interminable.

Dos piernas que se alejan buscando una salida.

Una cintura firme donde apoyar las manos

como cuando se vuelca el peso en el arado.

 

Nunca pude entenderlo. Las miradas se enfrentan

como vueltos espejos que en sí mismos acaban.

Delante de los ojos hay láminas opacas

tras las que cada amante disfraza su egoísmo.

 

Ella estuvo muy cerca, aquella vez, de darme

algo que con el tiempo tal vez fuera un recuerdo.

Desde aquí la contemplo, pero no tiene rostro.

No sería más triste si no hubiera existido.

 

Nos tiramos a un cuerpo como al mar, y aprendemos

que el amor, como el agua, no opone resistencia.

Bien poco es lo que queda después, si la ternura

no inventa sus razones para seguir viviendo.

 

Penetramos espacios que no nos pertenecen.

La carne, como el humo, se aleja si se toca.

Hoy ya no me pregunto la razón, y me entrego,

y acepto, y disimulo; pero sé que es chantaje.

 

Aquel día empezaba como todos los días;

porque todos los días empiezan y no acaban,

el alba suavizaba los últimos aleros

y la luz preparaba su primer estallido.

 

Siempre se vuelve solo del amor. Como entonces.

Porque el hombre limita con su piel, y los sueños

sólo cuentan, no siempre, cuando un pecho, entrevisto,

nos revela de pronto nuestra gran desventura.

 

Rafael Guillén

27 de abril de 1933

Granada

 

viernes, 2 de mayo de 2025

RECACHA

 


RECACHA

 

Aquí estaba, sentada

en la recacha, así de así, encogida,

acurrucada al sol

la abuela.

Esto era amor. Aquello.

Un tiempo

de negro y de ¡Señor, lo que se inventa!

ponía en derredor de su pequeño

mojoncito huesudo nuevos rostros

mocosos, y otra arruga,

eterno mosquerío, y más sumida

la desdentada boca, tiestos con geranios,

y no recuerdo nada ¡esta cabeza!

Una como ternura

caldeaba el acoso de las lajas.

 

Mano seca en las cejas protegiendo

del sol, gracia divina, los ojos derretidos.

Vencido estar, joroba, a punto casi

de un crujido y ya está. Dios la reciba.

 

Aquí el mosquero, largos

papeles de colores;

aquí la zafa, el pie no se mejora,

agua de sal, la panza

de la jofaina desconchada.

Esto

era también amor, digo, miseria;

amor, digo, violencia. No lo supo.

¡Qué tiempos!

La jarapa

alpujarreña en las rodillas, negro

pañolón, ay el luto

descolorido, negro

refajo, en Cuba mismo lo enterraron.

 

Y más. Ochenta y tantos

años milenios en la costra yunque

de esta tierra, forjando

para qué su cansada reciedumbre.

Y una ignorancia añeja

que le tapaba el hambre con sudados

escapularios; que agostaba en brote,

lo ha dispuesto el Señor, la rebeldía.

 

Aquí la abuela niña, y un suspiro,

zurciendo eternamente, remendando,

y otro suspiro, cocinando, y otro,

los despojos, pasando

las cuentas del rosario.

Esto era

también amor. Y era

desprecio.

Somos pobres.

Y abandono.

 

Ya de tarde, lo lejos se tensaba

con un duro rasgueo

de cómplices guitarras.

Lo recuerdo.

 

Rafael Guillén

27 de abril de 1933

Granada

sábado, 27 de abril de 2024

CRISTALES EMPAÑADOS

 


CRISTALES EMPAÑADOS

 

 

Se fue, no tan despacio que no hubiera

un desajuste tenue en la calima

del asfalto, y su falda

parecía más triste en el andar y hubo

como una duda, o tal vez no, y la acera

se fue estrechando al alejarse y, luego,

pareció, quizás fuera

se delgadez, sus hombros, que no iba,

que volvía a la infancia, y en la calle

apenas cabía el sol y mi mirada

y una música urbana que, tan joven,

surgió de un bar con soledad y miedo.

¿Te veías tú, acaso, dime, como

si te pudieras ver, de espaldas, sola,

pegada a la pared, andando, yéndote?

 

Me fui. Recuerdo que el vacío

aquél era ya parte

de mí. Porque me estuve yendo

todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,

cama deshecha, sábanas con restos

de calor, vasos, deja

ya de fumar, me estuve

dejando ir en no querer ser pasto

de ciudad, y las calles

y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,

¿por qué te vas? , estaban

alrededor de mí; ser pasto

de ventanas cerradas, un quejido

o una sirena a media noche, esquinas

donde comprar la nada, el estallido

de la nada, acompáñame, me estuve

yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

 

Se fue y era de noche

en torno a su cintura y sus vaqueros

gastados. La bufanda, con su historia

ella también, entretejida, daba

una vuelta a la tibia

cadencia de su cuello y la seguía

a través de la lluvia y algún perro

y la insolente luz de los semáforos

poniendo en orden el desierto y, lejos,

la otra oscuridad, la que está hecha

de violencia y portales y mugrientas

escaleras.

 

Me fui de tanta prisa

por conocer, de tanto estar conmigo,

de tanta juventud, frío empañando

los cristales, de tanto amor, la estufa,

libros y discos en desorden, altas

madrugadas del beso, tus preguntas,

café para el cansancio, las paredes,

tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

 

Toda esta vida me sostiene ahora.

Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,

lo único que tengo. Tanto irse,

tanto perder, tal desapego,

tanta sinceridad, tan armoniosa

desventura, tan sabio desvarío,

tal desesperación, tanta belleza.

 

Rafael Guillén

27 de abril de 1933

Granada