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jueves, 22 de enero de 2026

CONVERSACIÓN CON UN AMIGO

 


CONVERSACIÓN CON UN AMIGO

 

Se me ha quemado el pecho, como un horno

por el dolor de tus palabras

y también de las mías.

Hablamos del mundo, y desde el cielo

Descendía su paz a nuestros ojos.

Hay momentos del hombre en que le duele

Amar, pensar, mirar, sentirse vivo,

Y se sabe en la tierra por azar

Solo, inútilmente en ella,

Como si se tratase de algo ajeno

Hablamos de nosotros

Y nos vimos inciertos, unas sombras.

 

Con poca fe, con las creencias rotas

Con un madero en la marea,

Con toda la esperanza naufragando

Porque no es la que llega a nuestra barca,

Sólo la caridad nos redimía

Del mal nuestro de ser.

Mirábamos la calle, rodeados

De luz, de tiempo, de palabras, de hombres.

 

Francisco Brines

22 de enero de 1932

Oliva (Valencia)

jueves, 23 de enero de 2025

CUANDO YO AÚN SOY LA VIDA

 


CUANDO YO AÚN SOY LA VIDA

 

La vida me rodea, como en aquellos años

ya perdidos, con el mismo esplendor

de un mundo eterno. La rosa cuchillada

de la mar, las derribadas luces

de los huertos, fragor de las palomas

en el aire, la vida en torno a mí,

cuando yo aún soy la vida.

Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,

y un amor fatigado.

 

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;

y amar, mientras se agota el corazón,

un mundo fiel, aunque perecedero.

Amar el sueño roto de la vida

y, aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella verdad.

 

Francisco Brines

22 de enero de 1922

Oliva (Valencia)

miércoles, 22 de enero de 2025

EL POR QUÉ DE LAS PALABRAS

 


EL POR QUÉ DE LAS PALABRAS

 

No tuve amor a las palabras;

si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,

fue por necesidad de no perder la vida,

y envejecer con algo de memoria

y alguna claridad.

 

Así uní las palabras para quemar la noche,

hacer un falso día hermoso,

y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.

Y sólo atesoré miseria,

suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,

besé en todos los labios posada la ceniza,

y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

 

Hay en mi tosca taza un divino licor

que apuro y que renuevo;

desasosiega, y es

                         remordimiento;

tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,

¿cómo tener amor a vagos signos

cuyo desvelamiento era tan sólo

despertar la piedad del hombre para consigo mismo?

 

En el aprendizaje del oficio se logran resultados:

llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de

                                                 lenta reflexión y el gratuito,

y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,

pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

 

Debí amar las palabras;

por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:

el mar, el firmamento,

un goce o un dolor que al instante morían;

y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.

Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:

ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,

pues todo lo contiene su deseo.

 

Las palabras separan de las cosas

la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,

y recogen los velos de la sombra

en la noche y los huecos;

mas no supieron separar la lágrima y la risa

pues eran una sola verdad,

y valieron igual sonrisa, indiferencia.

Todos son gestos, muertes, son residuos.

 

Mirad el sigiloso ladrón de las palabras,

repta en la noche fosca,

abre su boca seca, y está mudo

 

Francisco Brines

22 de enero de 1922

Oliva (Valencia)

lunes, 22 de enero de 2024

SOLO DE TROMPETA

 


SOLO DE TROMPETA

 

 

Cuando ya las miradas de todos se conocían vagamente,

a través de las pupilas nubladas por el alcohol,

de aquella música confusa, de la penumbra de aquel humo, del caos

vino un silencio imperceptible,

y una trompeta sola, de fuego, nos quemaba la vida.

 

O acaso era de hielo aquella música:

inertes los sonidos, para que cada uno de nosotros

los hiciese movibles, los llenase de espíritu.

Por cada uno de los hombres

la música cantaba diferente: con alegría estéril

en la mujer que me miraba, con cansada tristeza

en unos yertos labios, y en el muchacho solitario

con profunda nostalgia de vejez;

la música cantaba diferente, sin que nadie supiera

cómo sonaba junta, con qué intenso dolor.

 

En aquel cuarto oscuro

nada correspondía a la verdad del hombre:

la emoción estridente del músico era falsa,

torpe el engaño de los otros.

La verdad es humilde y es sencilla.

La soledad, al compartirla con otras soledades,

hace más viva la impotencia,

y empuja al hombre entonces a regiones heroicas

con sólo en sentimiento.

Después cae un cansancio sobre el alma

por esta lucha inútil, se resiente

tanta falsa virtud, la mentida pureza;

y cuando la trompeta, desmayada, se extingue en el silencio,

sólo quedan visibles, descubiertos al fin, los más ocultos,

los más tenaces vicios:

se reconocen las miradas y puede haber piedad,

y hasta sentir alguno un tibio amor.

 

La trompeta de fuego,

muda sobre una mesa, la vemos amarilla,

y esta vieja y rayada.

 

Francisco Brines

22 de enero de 1922

Oliva – (Valencia)