sábado, 7 de noviembre de 2026

NO OS CONFUNDÁIS

 


NO OS CONFUNDÁIS

 

Y cuando ya no quede nada

tendré siempre el recuerdo

de lo que no se cumplió nunca.

Cuando me miren con áspera piedad

yo siempre tendré

lo que la vida no pudo ofrecerme.

Creedme:

todo lo que pensáis que fue destrozo y pérdida

no ha sido más que una conjetura.

Y cuando ya no quede nada

siempre tendré lo que me fue negado.

No os confundáis: con lo que nunca tuve

puedo llenar el mundo palmo a palmo.

Tanto miedo tenéis que no habéis advertido

la riqueza que se oculta en la pérdida.

Desdichados,

poca ganancia es la vuestra

si nunca habéis perdido nada.

Yo sí he perdido:

yo tengo, como el náufrago,

toda la tierra esperándome.

 

Francisca Aguirre

27 de octubre de 1930

Alicante

 

viernes, 6 de noviembre de 2026

JUVENTUD


 

JUVENTUD

 

Para abrir el negro de los abismos

todo hombre lleva en sí la luminaria…

¡Es la luz escondida y solitaria

que arde en el fondo de nosotros mismos.

 

Hay luces con quietudes inefables

que tienen un ensueño de riberas.

Las hay tristes, austeras,

sombrías, taciturnas, miserables.

 

En mi lámpara roja y encendida

arde la breña viva y calcinante

de este trozo de carne palpitante

que es la carga más dura de mi vida.

 

Ella consume en mí cuanto la antoja.

Es la tirana que en amor me prende,

ya con los fuegos de su arder me enciende,

ya a las negruras del dolor me arroja.

 

Ella ilumina todo cuanto pasa

visión rápida, lenta o fugitiva…

¡Es una verdadera llama viva

que con su mismo resplandor se abrasa!

 

¡Ah! cuántas veces quise con mis ruegos

apagar el ardor de su amargura,

y se hizo más cruel la quemadura

y el ímpetu salvaje de sus fuegos.

 

Cuántas veces la vi crecer tan loca

que pedí para ahogarla: ¡el océano!

Con el pavor del que con débil mano

ve crecerse al corcel que se desboca…

 

***

 

¡Ay! quién pudiera arder con tu luz quieta

vela amorosa que en silencio expiras,

sin padecer las fiebres y las iras de estos encendimientos de poeta.

 

¿No poseeré jamás la dulce calma

de las lámparas mansas del Sagrario?

¡Nunca tendrá la paz del incensario

esta luz torturada de mi alma?

 

***

 

No te importe ¡oh mi luz! Que tus quimeras

indómitas y fieras,

suban buscando las regiones puras…

¡También van hacia Dios en las alturas

las llamas de selváticas hogueras!

 

Cristina de Arteaga

6 de noviembre de 1902

Zarauz (Guipúzcoa)

miércoles, 4 de noviembre de 2026

MENSAJE SECRETO

 


MENSAJE SECRETO

 

Hacia abajo en la oscura humedad de los helechos que tal vez

sean yo mismo o divinidades monótonas

desciendo

al antro de mi sexo

con la investidura de un cuerpo torturado por poderes frenéticos

presa de esas imágenes soñadas de mulatas de dientes

crueles con las franjas fosforescentes de sus

vientres y de sus espaldas

las tiernas estranguladoras inclinadas sobre sus

amantes para dejarles en la boca la fragancia de menta y de

sal que emana de sus pechos en el oleaje.

 

He ahí la misteriosa serpiente con la aureola de sus labios y su

canto de profanación infinita el foco ávido donde flotan regiones

de una blancura de relámpago.

 

La serpiente de mirada de catástrofe la papisa del sol en su

archipiélago de espejismos donde crea fantasmas carnales y

suntuosos que se retuercen con caderas llenas de savia mujeres

palpables y rápidas

cabelleras desplegadas para el lujo de un loco

 

Y mi sangre de príncipe animal heredero de una raza de paroxismo

Se filtra por esas grietas de abismo que reconocen la especie se

irisa cuando ese indolente demonio despliega sus alas

y con un acto mágico con una brasa de ceremonia de la noche

de las cavernas con una sílaba de raíz arrancada y de fronteras

que se desvanecen toca a mi corazón para decirme que la

tierra es errónea.

 

Enrique Molina

2 de noviembre de 1910

Buenos Aires – Argentina

Cuadro de Francisco de Goya

martes, 3 de noviembre de 2026

ELEGÍA

 


ELEGÍA

 

Esos cuerpos que alguna vez latieron en mis brazos

cuando el sol era un lento reverbero en su piel,

cuando sus cabelleras se volcaban como oleadas de fiebre y de nostalgia,

ahora perduran sólo como una vibración

o una angustia indeleble en el fondo del alma

mientras va la gaviota por las playas.

Relucen ya tan lejos llenos de tentaciones desesperadas,

se irisan en la espuma del mar,

llaman con el recuerdo de su piel y su aliento

y vuelven a hechizarnos como lagos dormidos

o tibias sombras prisioneras de la tierra.

 

Fueron cuanto tuvimos de más ardiente y hondo

-los dones más intensos de este mundo-,

arrasaron al corazón con las más altas llamas

hasta dejarnos en un ciego abandono

a orillas de su huella de brasas invisibles.

 

Cuerpos enamorados que una vez fueron míos,

palpitando con sus tiernas reverberaciones,

con la inolvidable tersura de sus espaldas

y sus bocas ansiosas, sus muslos de esplendor y mediodía.

 

Así abrieron de par en par el mundo,

llamaron a la tormenta y al relámpago, se deslizaron

por todos los rituales de la pasión,

y fueron arrastrados por la vorágine de los días

hasta perderse silenciosamente

como todos los dones más altos de esta vida

en el voraz horizonte donde nos extraviamos como niños errantes,

como todas las dádivas para siempre fugaces

que el azar y el destino nos dieron un instante.

 

Enrique Molina

2 de noviembre de 1910

Buenos Aires – Argentina

lunes, 2 de noviembre de 2026

ACUÉRDATE DEL PAN



ACUÉRDATE DEL PAN

 

Acuérdate del pan,

no olvides aquella cera oscura

que hay que tender en las maderas,

ni la canela guarneciente,

ni otras especias necesarias.

Corre, corrige, vela,

verifica cada rito doméstico

Atenida a la sal, a la miel,

a la harina, al vino inútil,

pisa sin más la inclinación ociosa,

la ardiente grita de tu cuerpo.

Pasa, por esta misma aguja enhebradora

tarde tras tarde,

entre una tela y otra,

el agridulce sueño,

las porciones de cielo destrozado.

Y que siempre entre manos un ovillo

interminablemente se devane

como en las vueltas de otro laberinto.

Pero no pienses,

no procures,

teje.

De poco vale hacer memoria,

buscar favor entre los mitos.

Ariadna eres sin rescate

y sin constelación que te corone.

 

Ida Vitale

2 de noviembre de 1923

Montevideo – Uruguay


domingo, 1 de noviembre de 2026

BIENVENIDA ALEGRÍA, BIENVENIDO PESAR...

 


BIENVENIDA ALEGRIA, BIENVENIDO PESAR…

 

Bienvenida alegría bienvenido pesar,

la hierba del Leteo y de Hermes la pluma:

vengan hoy y mañana,

que los quiero lo mismo.

Me gusta ver semblantes tristes en tiempo claro

y alguna alegre risa oír entre los truenos;

bello y feo me gustan:

dulces prados, con llamas ocultas en su verde,

y un reírse zumbón ante una maravilla;

ante una pantomima, un rostro grave;

doblar a muerto y alegre repique;

el juego de algún niño con una calavera;

mañana pura y barco naufragado;

las sombras de la noche besando a madreselvas;

sierpes silbando entre encarnadas rosas;

Cleopatra con regios atavíos

y el áspid en el seno;

la música de danza y la música triste,

juntas las dos, prudente y loca;

musas resplandecientes, musas pálidas;

el sombrío Saturno y el saludable Momo:

risa y suspiro y nueva risa…

¡Oh, qué dulzura, el sufrimiento!

Musas resplandecientes, musas pálidas,

de vuestro rostro alzad el velo,

que pueda veros y que escriba

sobre el día y la noche

a un tiempo; que se apague

mi sed de dulces penas;

ramas de tejo sean mi refugio,

entrelazadas con el mirto nuevo,

y pinos y limeros florecidos,

y mi lecho la hierba de una fosa.

 

John Keats

31 de octubre de 1795

Londres – Reino Unido

sábado, 31 de octubre de 2026

SER MUJER



SER MUJER

 

Ser mujer, ser mujer:

con el alma y la carne ser mujer.

 

Ser la luz, ser la flor,

ser la risa y la miel;

ser mujer: ser amor.

 

Tener en el regazo cuna blanca y serena,

tener el corazón como un niño risueño,

para el niño con sueño,

para el hombre con pena.

 

Tener brazos flexibles como cuellos de aves,

brazos tibios y suaves,

para guiar los pasos primeros del infante,

para ceñirse al cuello del amante.

 

Tener manos que sepan halagar dulcemente

el cabello y la frente,

y arropar sus amores si la noche está fría;

manos firmes que aparten las espinas hirientes;

manos leves que curen las heridas dolientes

y partan cuidadosas el pan de cada día.

 

Tener labios humildes y mansos para el ruego;

abiertos a la risa, abiertos al perdón;

tener labios de fuego para el beso de fuego;

labios siempre dispuestos a sembrar su canción.

 

Tener claras miradas de ensueños ideales

para mirar las aves, las estrellas, las rosas;

para todos los yerros, para todos los males,

tener miradas suaves y misericordiosas.

 

Tener hondas y abiertas entrañas materiales

para todos los seres, para todas las cosas.

 

Ser mujer:

ser la madre que engendra y la hermana que escucha;

ser la novia que besa, ser el premio en la lucha,

ser mujer…

Ser la fuente de vida para el labio del niño,

para el labio del hombre

ser placer.

 

Ser la paz; ser remanso;

ser alivio y descanso;

ser impulso en el vuelo,

y en la rauda caída,

consuelo.

 

Ser mujer, ser mujer:

amargada o florida,

quiero siempre en la vida

ser amor: ser mujer.

 

Ángela Figuera Aymerich

30 de octubre de 1902

Bilbao


viernes, 30 de octubre de 2026

MADRE ESPAÑA



MADRE ESPAÑA

 

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,

con todas las raíces y todos los corajes,

¿quién me separará, me arrancará de ti,

madre?

 

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,

si su fondo titánico da principio a mi carne?

Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,

¡nadie!

 

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas

donde desembocando se unen todas las sangres:

donde todos los huesos caídos se levantan:

madre.

 

Decir madre es decir tierra que me ha parido;

es decir a los muertos: hermanos, levantarse;

es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo

sangre.

 

La otra madre, es un puente, nada más de tus ríos.

El otro pecho es una burbuja de tus mares.

Tú eres la madre entera con todo tu infinito,

madre.

 

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.

Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.

Con más fuerza que antes, volverás a parirme,

madre.

 

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,

volverás a parirme con más fuerza que antes.

Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:

¡madre!

 

Echad a las orillas de vuestro corazón

el sentimiento en límites, los efectos parciales.

Son pequeñas historias al lado de ella, siempre

grande.

 

Una fotografía y un pedazo de tierra,

una carta y un monte son a veces iguales.

Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,

madre.

 

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,

los más oscuros muertos pugnan por levantarse,

fundirse con nosotros y salvar la primera

madre.

 

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos

de dolor y de piedra profunda para darme:

no me separarán de tus altas entrañas,

madre.

 

Además de morir por ti, pido una cosa:

que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,

vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,

madre.

 

Miguel Hernández

30 de octubre de 1910

Orihuela (Alicante)


jueves, 29 de octubre de 2026

MALHUMOR

 


MALHUMOR

 

Tengo una sensación de solo y lejos,

que no se cansa de acusar mi estado:

en todas partes me contemplo ajeno,

¡En todas partes se prohíbe algo!

     Mujeres mías que jamás lo fueron

     Y vanaglorias que lo son… tampoco.

     Pueril envidia hacia el capricho leve,

     O, más pueril, hacia el talento de otro.

Paso (¡qué hacer!) por los lugares yertos

Donde sus tiendas planifica el hombre,

Dándole vueltas al hostil dilema:

¿Los desconozco o me desconocen?

     Sé a mi soberbia sólo la culpable

     De este vacío que a mi lado siento.

     Ellos tienen motivos respetables.

     ¡Ah! sí, sí.

     Desde luego.

     ¡Nada de eso!

(He de hacerme un chalet en la Jungfrau

A tres mil metros de desdén del suelo,

Aproximado a la ciudad sin puertas,

Contradictorio y autocompañero.)

 

Antonio Espina

29 de octubre de 1891

Madrid

miércoles, 28 de octubre de 2026

DOLOR



DOLOR

 

Hacia la madrugada

me despertó de un sueño dulce

un súbito dolor,

un estilete

en el tercer espacio intercostal derecho.

 

Fino, fino,

iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.

Proyectaba raíces, que, invasoras,

se hincaban en la carne,

desviaban, crujiendo, los tendones,

perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,

                                                 durísimos

y de él surgía todo un cielo de ramas

oscilantes y aéreas,

como un sauce juvenil bajo el viento,

ahora iluminado, ahora torvo,

según los galgos-nubes galopan sobre el campo

en la mañana primaveral.

 

Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,

como un sutil dibujo,

como un sauce temblón, todo delgada tracería,

largas ramas eléctricas,

que entrechocaban con descargas breves,

entrelazándose, disgregándose,

para fundirse en nódulos o abrirse

en abanico.

 

¡Ay!

Yo, acurrucado junto a mi dolor,

era igual que un niñito de seis años

que contemplara absorto

a su hermano menor, recién nacido,

y de pronto le viera

crecer, crecer, crecer,

hacerse adulto, crecer

y convertirse en un gigante,

crecer, pujar, y ser ya cual los montes,

pujar, pujar, y ser como la vía láctea,

pero de fuego,

crecer aún, aún,

ay, crecer siempre.

Y yo era un niño de seis años

acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

 

Yo fue como un incendio,

como si mis huesos ardieran,

como si la médula de mis huesos chorreara fundida,

como si mi conciencia se estuviera abrasando,

y abrasándose, aniquilándose,

aún incesantemente

se repusiera su materia combustible.

 

Fuera, había formas no ardientes,

lentas y sigilosas,

frías:

minutos, siglos, eras:

el tiempo.

Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio

universal, inextinguible.

 

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo

                                                          sin cesar,

mientras ardía con virutas de llamas,

con largas serpientes de azufre,

con terribles silbidos y crujidos,

siempre,

mi gran hoguera.

Ah, mi conciencia ardía en frenesí,

ardía en la noche,

soltando un río líquido y metálico

de fuego,

como los altos hornos

que no se apagan nunca,

nacidos para arder, para arder siempre. 

 

Dámaso Alonso

28 de octubre de 1898

Madrid