sábado, 31 de octubre de 2026

SER MUJER



SER MUJER

 

Ser mujer, ser mujer:

con el alma y la carne ser mujer.

 

Ser la luz, ser la flor,

ser la risa y la miel;

ser mujer: ser amor.

 

Tener en el regazo cuna blanca y serena,

tener el corazón como un niño risueño,

para el niño con sueño,

para el hombre con pena.

 

Tener brazos flexibles como cuellos de aves,

brazos tibios y suaves,

para guiar los pasos primeros del infante,

para ceñirse al cuello del amante.

 

Tener manos que sepan halagar dulcemente

el cabello y la frente,

y arropar sus amores si la noche está fría;

manos firmes que aparten las espinas hirientes;

manos leves que curen las heridas dolientes

y partan cuidadosas el pan de cada día.

 

Tener labios humildes y mansos para el ruego;

abiertos a la risa, abiertos al perdón;

tener labios de fuego para el beso de fuego;

labios siempre dispuestos a sembrar su canción.

 

Tener claras miradas de ensueños ideales

para mirar las aves, las estrellas, las rosas;

para todos los yerros, para todos los males,

tener miradas suaves y misericordiosas.

 

Tener hondas y abiertas entrañas materiales

para todos los seres, para todas las cosas.

 

Ser mujer:

ser la madre que engendra y la hermana que escucha;

ser la novia que besa, ser el premio en la lucha,

ser mujer…

Ser la fuente de vida para el labio del niño,

para el labio del hombre

ser placer.

 

Ser la paz; ser remanso;

ser alivio y descanso;

ser impulso en el vuelo,

y en la rauda caída,

consuelo.

 

Ser mujer, ser mujer:

amargada o florida,

quiero siempre en la vida

ser amor: ser mujer.

 

Ángela Figuera Aymerich

30 de octubre de 1902

Bilbao


viernes, 30 de octubre de 2026

MADRE ESPAÑA



MADRE ESPAÑA

 

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,

con todas las raíces y todos los corajes,

¿quién me separará, me arrancará de ti,

madre?

 

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,

si su fondo titánico da principio a mi carne?

Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,

¡nadie!

 

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas

donde desembocando se unen todas las sangres:

donde todos los huesos caídos se levantan:

madre.

 

Decir madre es decir tierra que me ha parido;

es decir a los muertos: hermanos, levantarse;

es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo

sangre.

 

La otra madre, es un puente, nada más de tus ríos.

El otro pecho es una burbuja de tus mares.

Tú eres la madre entera con todo tu infinito,

madre.

 

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.

Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.

Con más fuerza que antes, volverás a parirme,

madre.

 

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,

volverás a parirme con más fuerza que antes.

Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:

¡madre!

 

Echad a las orillas de vuestro corazón

el sentimiento en límites, los efectos parciales.

Son pequeñas historias al lado de ella, siempre

grande.

 

Una fotografía y un pedazo de tierra,

una carta y un monte son a veces iguales.

Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,

madre.

 

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,

los más oscuros muertos pugnan por levantarse,

fundirse con nosotros y salvar la primera

madre.

 

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos

de dolor y de piedra profunda para darme:

no me separarán de tus altas entrañas,

madre.

 

Además de morir por ti, pido una cosa:

que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,

vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,

madre.

 

Miguel Hernández

30 de octubre de 1910

Orihuela (Alicante)


jueves, 29 de octubre de 2026

MALHUMOR

 


MALHUMOR

 

Tengo una sensación de solo y lejos,

que no se cansa de acusar mi estado:

en todas partes me contemplo ajeno,

¡En todas partes se prohíbe algo!

     Mujeres mías que jamás lo fueron

     Y vanaglorias que lo son… tampoco.

     Pueril envidia hacia el capricho leve,

     O, más pueril, hacia el talento de otro.

Paso (¡qué hacer!) por los lugares yertos

Donde sus tiendas planifica el hombre,

Dándole vueltas al hostil dilema:

¿Los desconozco o me desconocen?

     Sé a mi soberbia sólo la culpable

     De este vacío que a mi lado siento.

     Ellos tienen motivos respetables.

     ¡Ah! sí, sí.

     Desde luego.

     ¡Nada de eso!

(He de hacerme un chalet en la Jungfrau

A tres mil metros de desdén del suelo,

Aproximado a la ciudad sin puertas,

Contradictorio y autocompañero.)

 

Antonio Espina

29 de octubre de 1891

Madrid

miércoles, 28 de octubre de 2026

DOLOR



DOLOR

 

Hacia la madrugada

me despertó de un sueño dulce

un súbito dolor,

un estilete

en el tercer espacio intercostal derecho.

 

Fino, fino,

iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.

Proyectaba raíces, que, invasoras,

se hincaban en la carne,

desviaban, crujiendo, los tendones,

perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,

                                                 durísimos

y de él surgía todo un cielo de ramas

oscilantes y aéreas,

como un sauce juvenil bajo el viento,

ahora iluminado, ahora torvo,

según los galgos-nubes galopan sobre el campo

en la mañana primaveral.

 

Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,

como un sutil dibujo,

como un sauce temblón, todo delgada tracería,

largas ramas eléctricas,

que entrechocaban con descargas breves,

entrelazándose, disgregándose,

para fundirse en nódulos o abrirse

en abanico.

 

¡Ay!

Yo, acurrucado junto a mi dolor,

era igual que un niñito de seis años

que contemplara absorto

a su hermano menor, recién nacido,

y de pronto le viera

crecer, crecer, crecer,

hacerse adulto, crecer

y convertirse en un gigante,

crecer, pujar, y ser ya cual los montes,

pujar, pujar, y ser como la vía láctea,

pero de fuego,

crecer aún, aún,

ay, crecer siempre.

Y yo era un niño de seis años

acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

 

Yo fue como un incendio,

como si mis huesos ardieran,

como si la médula de mis huesos chorreara fundida,

como si mi conciencia se estuviera abrasando,

y abrasándose, aniquilándose,

aún incesantemente

se repusiera su materia combustible.

 

Fuera, había formas no ardientes,

lentas y sigilosas,

frías:

minutos, siglos, eras:

el tiempo.

Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio

universal, inextinguible.

 

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo

                                                          sin cesar,

mientras ardía con virutas de llamas,

con largas serpientes de azufre,

con terribles silbidos y crujidos,

siempre,

mi gran hoguera.

Ah, mi conciencia ardía en frenesí,

ardía en la noche,

soltando un río líquido y metálico

de fuego,

como los altos hornos

que no se apagan nunca,

nacidos para arder, para arder siempre. 

 

Dámaso Alonso

28 de octubre de 1898

Madrid


martes, 27 de octubre de 2026

UNA VIDA

 




UNA VIDA

 

Tócala: no se encogerá como pupila

esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,

azucena, como flora distinta

de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

 

Toca este vaso con los dedos: sonará

como campana china al mínimo temblor del aire

aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,

todos ocupadísimos para siempre jamás.

 

A sus pies las olas, en fila india,

no reventando nunca de irritación, se inclinan:

en el aire se atascan,

frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas o orondas, encima.

 

Como almohadones victorianos. Esta familia

de rostros habituales, a un coleccionista,

por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

 

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

 

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo

platillo de hospital en torno, parece

la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

 

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa

anticuada, el mar, plano como una postal,

que una dimensión demás le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas

ahora dejad la en paz. 

 

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

 

Sylvia Plath

27 de octubre de 1932

Jamaica Plain – Boston – EEUU


SI ME HICIERA COSQUILLAS EL ROCE DEL AMOR...

 


SI ME HICIERA COSQUILLAS EL ROCE DEL AMOR…

 

Si me hiciera cosquillas el roce del amor

si una niña tramposa me robara a su lado

y horadase sus pajas rompiendo mi vendado corazón,

si ese rojo escozor pudiera dar a luz

la risa en mis pulmones como pare el ganado,

no temería yo a la manzana ni al diluvio

ni a la sangre maligna de la primavera.

 

¿Qué será, macho o hembra? Se preguntan las células

y como un fuego arrojan desde la carne la ciruela.

Si me hiciera cosquillas la cabellera incubadora,

el hueso alado que crece en los talones,

la comezón del hombre sobre el muslo del niño,

no temería al hacha ni a las horcas

ni a las varas cruzadas de la guerra.

 

¿Qué será, macho o hembra? Se preguntan los dedos

que llenan las paredes de niñas inmaduras

con sus hombres dibujados a tiza.

Si me hiciera cosquillas la avidez del granuja

que insufla su calor al nervio en carne viva

no temería al diablo sobre el lomo

ni a la tumba veraz.

 

Si me hiciera cosquillas el roce de los amantes

que no borra ni las patas de gallo ni la risa sin dientes

sobre mangas quijadas en la vejez enferma,

el tiempo y las ladillas y el burdel de amoríos

me dejaría frío como manteca para moscas,

las espumas del mar bien podrían ahogarme

cuando rompen y mueren al pie de los amantes.

 

La mitad de este mundo es del demonio, la otra mitad es mía,

bobo por esa droga fumada en una niña

y enredado en el brote que bifurca su ojo.

La tibia del anciano y mi hueso tienen la misma médula

y todos los arenques huelen dentro del mar,

yo me siento y contemplo bajo mi uña al gusano

que corroe lo vivo.

 

Y éste es el roce, único roce que hormiguea.

El mono contrahecho que se hamaca a lo largo de su sexo

desde las húmedas tinieblas del amor y el tirón de la nodriza

no puede hacer surgir la medianoche de una risa entre dientes,

ni del momento en que se encuentra una belleza entre los pechos

de la amante, la madre, los amantes o toda su estatura

en la punzante oscuridad.

 

¿Y qué es el roce? ¿La pluma de la muerte sobre el nervio?

¿es tu boca, amor mío? ¿El abrojo en el beso?

¿Mi payaso de Cristo nacido sobre el árbol entre espinas?

Las palabras de la muerte son más secas aún que su mismo cadáver

y mis heridas llenas de palabras tienen las huellas de tu pelo.

Me haría cosquillas el roce del amor, pues bien:

hombre, sé mi metáfora.

 

Dylan Thomas

27 de octubre de 1914

Swansea Gales – Reino Unido

domingo, 25 de octubre de 2026

VIDA

 


VIDA

 

A ti vengo en mis horas de sed como a una fuente

límpida, fresca, mansa, colosal…

y las punzantes sierpes de fuego mueren siempre

en la corriente blanda y poderosa.

 

Vengo a ti en mi cansancio, como al umbroso bosque

en cuyos terciopelos profundos la fatiga

se aduerme dulcemente, con música de brisas,

de pájaros y aguas…

y del umbroso bosque salgo siempre radiante

y desierta como un amanecer.

 

Vengo a ti en mis heridas, como el vaso de bálsamos

en que dolor se embriaga hasta morir de olvido…

Y llevo

selladas mis heridas como las bocas muertas,

y por tus buenas manos vendadas de delicias.

 

Cuando el frío me ciñe doloroso sudario,

lívida vengo a ti,

como al rincón dorado del hogar,

¡como al Hogar universal  del Sol!...

Y vuelvo toda en rosas como una primavera,

arropada en tu fuego.

 

A ti vengo en mi orgullo

como a la torre dúctil,

como a la torre única

¡que me izará sobre las cosas todas!

¡Sobre la cumbre misma,

arriscada y creciente,

de mi eterno capricho!

 

Para mi vida hambrienta

¡eres la presa única!

¡Eres la presa eterna!

El olor de tu sangre,

el color de tu sangre

flamean en los picos ávidos de mis águilas.

 

Vengo a ti en mi deseo

como en mil devorantes abismos, toda abierta

el alma incontenible…

¡Y me lo ofreces todo!...

Los mares misteriosos florecidos en mundos,

los cielos misteriosos florecidos en astros,

¡los astros y los mundos!

…Y las constelaciones de espíritus suspensas

entre mundos y astros…

…Y los sueños que viven más allá de los astros,

más acá de los mundos…

 

¿Cómo dejarte? -¡Vida!-

cómo salir del dulce corazón

hospitalario y pródigo

como una patria fértil?...

Si para mí la tierra,

si para mí el espacio,

¡todos! ¡son los que abarca

el horizonte puro de tus brazos!...

¡Si para mí tu más allá es la Muerte,

sencillamente, prodigiosamente!...

 

Delmira Agustini

24 de octubre de 1886

Montevideo – Uruguay

 

viernes, 23 de octubre de 2026

HERIDO SIEMPRE

 


HERIDO SIEMPRE

 

Herido siempre, desangrado a veces

y ocultando mi sangre sin riberas

llevo mis pasos presos entre nieblas

y mis miradas van sobre cipreses.

 

Aún conservo en las uñas esta sangre

que me dejó la carne de un momento

empapado de lágrimas y miedo

cuando vino a perderse entre mi carne.

 

Era sólo mi sangre quien llamaba

en medio de aquel valle, de aquel bosque,

y era sólo mi sangre,, eran mis voces

las que oían la lluvia sobre el agua.

 

José María Hinojosa

17 de octubre de 1904

Málaga

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL SILENCIO

 

 


EL SILENCIO

 

Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.

Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.

Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos

que no lo parecen. Aunque daría lo mismo

porque ya no pensamos con palabras

que todo lo confunden.

                                              Además

¿para qué edificar un templo de un grito?

Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.

Un grito que no oye el pastor de planetas.

Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.

Un templo que visitan arenas y huracanes.

La boca ha gritado,

¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor

se hará otra vez silencio,

historia no aprendida

y vida sin pregunta?

                                             ¿En qué agua de otro tiempo

se pulió la mandíbula y su origen?

¿En qué apagado sol

se removió su cero antes del cero?

Gritar: tan sólo un accidente, una arruga en el aire.

                                              Y un destrozo,

un harapo de algo; un desgarrón superfluo

desde el violento, desde el distraído

que empuja, pisa y habla alto. No grita.

                                             Alto, sólo, habla.

Se oye su voz pavorreal.

Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:

un poquito de aire que, primero,

tropieza con la esquina del pulmón,

garganta arriba. Luego ulula, asalta

la pared que contiene su infinitud,

su triste desmesura,

arañando su cárcel, resuelto en templo,

ecos en frío crisopacio que se aleja,

en el tiempo, de la boca: su nido.

Y nada alrededor. La boca mueve

sus alas sin sonido, sin sentido,

entre el agua y el huerto,

entre hueso temprano y légamo futuro,

entre el cero y el cero.

Entre el cero y su carga.

 

Julia Uceda

22 de octubre de 1925

Sevilla

martes, 20 de octubre de 2026

NIÑA DE LAS HISTORIAS MELANCÓLICAS, NIÑA...

 


NIÑA DE LAS HISTORIAS MELANCÓLICAS, NIÑA…

 

Niña de las historias melancólicas, niña,

niña de las novelas, niña de las tonadas

tienes un gesto inmóvil de estampa de provincia

en el agua de otoño de la cara perdida

y en los serios cabellos goteados de dramas.

Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente

como la eternidad encima de los muertos,

recuerdo que viniste y has existido siempre,

mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres,

toda la especie humana se lamenta en tus huesos.

Llenas la tierra entera, como un viento rodante,

y tus cabellos huelen a tonada oceánica,

naranjo de los pueblos terrosos y joviales,

tienes la soledad llena de soledades,

y tu corazón tiene la forma de una lágrima.

Semejante a un rebaño de nubes, arrastrando

la cola inmensa y turbia de lo desconocido,

tu alma enorme rebasa tus huesos y tus cantos,

y es lo mismo que un viento terrible y milenario

encadenado a una matita de suspiros.

Te pareces a esas cántaras populares,

tan graciosas y tan modestas de costumbres;

tu aristocracia inmóvil huele a yuyos rurales,

muchacha del país, florecida de velámenes,

y la greda morena, triste de aves azules.

Derivas de mineros y de conquistadores,

ancha y violenta gente llevo tu sangre extraña,

y tu abuelo, Domingo de Sánderson, fue un hombre;

yo los miro y los veo cruzando el horizonte

con tu actitud futura encima de la espalda.

Eres la permanencia de las cosas profundas

y la amada geográfica, llenando el Occidente;

tus labios y tus pechos son un panal de angustia,

y tu vientre maduro es un racimo de uvas

colgado del parrón colosal de la muerte.

Ay, amiga, mi amiga, tan amiga mi amiga,

cariñosa lo mismo que el pan del hombre pobre;

naciste tú llorando y sollozó la vida;

yo te comparo a una cadena de fatigas

hecha para amarrar estrellas en desorden.  

 

Pablo de Rokha

17 de octubre de 1894

Lincanten – Chile