EN EL PRINCIPIO
De pronto arranca la
memoria,
sin fondos de origen
perdido;
muy niño viéndome una
tarde
en el espejo de un
armario
con doble luz
enajenada
por el iris de sus
biseles,
decidí que aquello lo
había
de recordar, y lo
aferré,
y desde ahí empieza
mi mundo,
con un piso
destartalado,
las vagas personas
mayores
y los miedos en el
pasillo.
Años y años pasaron
luego
y al mirar atrás, allá
estaba
la escena en que,
hombrecito audaz,
desembarqué en mí,
conquistándome.
Hasta que un día,
bruscamente,
vi que esa estampa
inaugural
no se fundó porque
una tarde
se hizo mágica en un
espejo,
sino por un toque, más
leve,
pero que era todo mi
ser:
el haberme puesto a mí
mismo
en el espejo del
lenguaje
doblando sobre si el
hablar,
diciéndome que lo diría,
para siempre vuelto
palabra,
mía y ya extraña,
aquel momento.
Pero cuando lo
comprendí,
era ya mayor, hombre
de libros,
y acaso fue porque en
alguno
leí la gran
perogrullada:
que no hay más mente
que el lenguaje,
y pensamos solo al
hablar,
y no queda más mundo
vivo
tras las tierras de
la palabra.
Hasta entonces, niño
y muchacho,
creí que hablar era
un juguete,
algo añadido, una
herramienta,
un ropaje sobre las
cosas,
un caballo con que
correr
por el mundo,
terrible y rico,
o un estorbo en que
se aludía
a lo lejos, a ideas
vagas:
ahora, de pronto, lo
era todo,
igual que el ser de
carne y hueso,
nuestra ración de
realidad,
el mismo ser hombre,
poco o mucho.
José María Valverde
26 de enero de 1926
Valencia de Alcántara
(Cáceres)