CANCIÓN AMOROSA
Cansados
ojos míos,
ayudadme
a llorar el mal que siento,
hechos
corrientes ríos
daréis
algún alivio a mi tormento
que tanto
me atormenta.
Llora el
perdido gusto
que ya
tuvo otro tiempo el alma mía,
y el
eterno disgusto
en que
vive muriendo noche y día;
que
estando mi alegría
de
vosotros ausente,
es justo
que lloréis eternamente.
¡Que viva
yo pensando
por quien
tanto de amarme se desdeña!;
que
cuando estoy llorando
haga
tierna señal la dura peña,
y que a
su zahareña
condición
no la mueven
las
tiernas lluvias que mis ojos llueven!
¡Sombras
que en noche oscura
habitáis
de la tierra el hondo centro,
decidme
¿por ventura
iguala
con mi mal el de allá dentro?
Mas ¡ay!
que nunca encuentro
ni aún en
el mismo infierno
tormento
igual a mi tormento eterno.
¿Cuándo tendrá,
alma mía,
la
tenebrosa noche su ausencia
saldrá el
alegre sol de tu presencia?
Mas ¿Quién
tendrá paciencia?
Que es la
esperanza amarga
cuando el
mal es prolijo y ella es larga.
¡Oh tu,
sagrado Apolo,
que del
alegre oriente al triste ocaso,
el uno y
el otro polo
del cielo
vas midiendo paso a paso,
¿has
descubierto acaso
desde tu
sacra cumbre
el
hemisferio a quien mi sol da lumbre?
Diráste,
si lo esconde
en sus
dichosas faldas el aurora,
lo mal
que corresponde
a aquesta
alma cautiva, que le adora;
y como
siempre mora
dentro el
pecho mío,
tan
abrasado cuando el frío es frío.
Infierno de
mis penas,
fiero
verdugo de mis tiernos años,
que con
fuertes cadenas
tienes el
alma presa en tus engaños,
donde los
desengaños,
aunque se
ven tan ciertos
cuando
llegan al alma llegan muertos.
Yo viviré
sin verte
penando,
si tú gustas que así viva,
o me daré
la muerte,
si muerte
pide tu piedad esquiva;
bien
puedes esa altiva
frente
ceñir de gloria
que amor
te ofrece cierta la victoria.
Tuyos son
mis despojos
adorna
las paredes de tu templo;
que tus
divinos ojos
vencedores
del mundo los contemplo;
ellos serán
ejemplo
de
ingratitud eterna,
¡Ay ojos,
quién os viera!
Que no
hubiera pasión tan inhumana
que no se
suspendiera
con vista
tan divina y soberana.
Quedara
tan ufana,
que el
pensamiento mío
cobrara nuevas
fuerzas, nuevo brío.
Si amor,
que me transforma,
quitándome
el pesado y triste velo,
me diera
nueva forma,
volara,
cual espíritu, a mi cielo,
y no
abatiera el vuelo,
que yo
rompiera entonces
de
cualquier imposible duros bronces.
No estuviera
seguro
el monte
más excelso y levantado,
ni el más
soberbio muro,
de ser
por mis ardides escalado,
y a
despecho del hado,
descendiera,
por verte,
al reino
oscuro de la oscura muere.
Mil veces
imagino
gozando
tu presencia, en dulce gloria,
y con
gozo divino
renueva
el alma su pasada historia;
que con
esa memoria
se engaña
el pensamiento,
y en
parte se suspende el mal que siento.
Mas como
luego veo
que es
falsa imagen, que cual sombra huye,
aumentase
el deseo,
y ansias
mortales en mi pecho influye,
con que el
vivir destruye:
que amor
en mil maneras
me da
burlando el bien, y el mal de veras.
Canción,
de aquí no pases,
cese tu
triste canto;
que se
deshace el alma en triste llanto.
Cristobalina
Fernández de Alarcón
1576 –
1646
Antequera
(Málaga)