CANCIÓN DE LA BUENA GENTE
A la
buena gente se la conoce
en que
resulta mejor
cuando se
la conoce. La buena gente
invita a mejorarla,
porque
¿qué es
lo que a uno le hace sensato?
Escuchar y
que le digan algo.
Pero, al
mismo tiempo,
mejoran al
que los mira y a quien
miran. No
sólo porque nos ayudan
a buscar
comida y claridad, sino,
más aún,
nos son útiles
porque sabemos
que viven
y transforman el mundo.
Cuando se
acude a ellos,
siempre
se les encuentra.
Se acuerdan
de la cara que tenían
cuando
les vimos por última vez.
Por mucho
que hayan cambiado
-pues
ellos son los que más cambian-
aún
resultan más reconocible.
Son como una
casa que ayudamos a construir.
No nos
obligan a vivir en ella,
y en
ocasiones no nos lo permiten.
Por poco
que seamos, siempre podemos ir a ellos,
pero
tenemos que elegir lo que llevamos.
Saben explicar
el porqué de sus regalos,
y si
después los ven arrinconados, se ríen.
Y responden
hasta en esto: en que,
si nos
abandonamos,
les
abandonamos.
Cometen errores
y reímos,
pues si
pones una piedra en lugar equivocado,
vemos, al
mirarla,
el lugar
verdadero.
Nuestro interés
se ganan cada día,
lo mismo
que se ganan su pan de cada día.
Se interesan
por algo
que está
fuera de ellos.
La buena
gente nos preocupa.
Parece que
no pueden realizar nada solos,
proponen
soluciones que exigen aún tareas.
En momentos
difíciles de barcos naufragando
de pronto
descubrimos fija en nosotros
su mirada
inmensa.
Aunque tal
como somos no les gustamos,
están de
acuerdo, sin embargo,
con
nosotros.
Brecht,
Bertolt
10 de
febrero de 1898
Augsburgo
– Alemania



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