LA ESPERA INÚTIL
Yo me
olvidé que se hizo
ceniza tu
pie ligero,
y, como
en los buenos tiempos,
salí a
encontrarte al sendero.
Pasé,
valle, llano y río
y el
cantar se me hizo triste.
La tarde
volcó su vaso
de luz ¡y
tú no viniste!
El sol
fue desmenuzando
su ardida
y muerta amapola;
flecos de
niebla temblaron
sobre el
campo. ¡Estaba sola!
Al viento
otoñal, de un árbol
crujieron
los secos brazos.
Tuve miedo
y te llamé:
“¡Amado,
apresura el paso!
Tengo miedo
y tengo amor,
¡amado,
el paso apresura!”.
Iba espesando
la noche
y
creciendo mi locura.
Me olvidé
de que te hicieron
sordo
para mi clamor;
me olvidé
de tu silencio
y de tu cárdeno
albor;
de tu
inerte mano torpe
ya para
buscar mi mano;
¡de tus
ojos dilatados
del inquirir
soberano!
La noche ensanchó
su charco
de betún;
el agorero
búho con la
horrible seda
de su ala
rasgó el sendero.
No te volveré
a llamar,
que ya no
haces tu jornada;
mi desnuda
planta sigue,
la tuya está
sosegada.
Vano es que
acuda a la cita
por los caminos
desiertos.
¡No ha de
cuajar tu fantasma
entre mis
brazos abiertos!
Gabriela
Mistral
7 de
abril 1889
Vicuña –
Chile
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