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domingo, 1 de marzo de 2026

PLENITUD

 

PLENITUD

 

Puesto que apliqué mis labios a tu copa llena aún,

y puse entre tus manos mi pálida frente;

puesto que alguna vez pude respirar el dulce aliento

de tu alma, perfume escondido en la sombra.

 

Puesto que me fue concedido escuchar de ti

las palabras en que se derrama el corazón misterioso;

ya que he visto llorar, ya que he visto sonreír,

tu boca sobre mi boca, tus ojos en mis ojos.

 

Ya que he visto brillar sobre mi cabeza ilusionada

un rayo de tu estrella, ¡ay!, siempre velada.

Ya que he visto caer en las ondas de m vida

un pétalo de rosa arrancado a tus días,

 

puedo decir ahora a los veloces años:

¡Pasad! ¡Seguid pasando! ¡Yo no envejeceré más!

Idos todos con todas nuestras flores marchitas,

tengo en mi álbum una flor que nadie puede cortar,

 

vuestras alas, al rozarlo, no podrán derramar

el vaso en que ahora bebo y que tengo bien lleno.

Mi alma tiene más fuego que vosotros ceniza.

Mi corazón tiene más amor que vosotros olvido.

 

Víctor Hugo

26 de febrero de 1802

Besanzón – Francia

miércoles, 26 de febrero de 2025

LA MUJER CAÍDA

 


LA MUJER CAÍDA

 

¡Nunca insultéis a la mujer caída!

Nadie sabe qué peso la agobió,

ni cuántas luchas soportó en la vida,

¡hasta que al fin cayó!

¿Quién no ha visto mujeres sin aliento

asirse con afán a la virtud,

y resistir del vicio el duro viento

con serena actitud?

Gota de agua pendiente de una rama

que el viento agita y hace estremecer;

¡perla que el cáliz de la flor derrama,

y que es lodo al caer!

Pero aún puede la gota peregrina

su perdida pureza recobrar,

y resurgir del polvo, cristalina,

y ante la luz brillar.

Dejad amar a la mujer caída,

dejad al polvo su vital calor,

porque todo recobra nueva vida

con la luz y el amor.  

 

Víctor Hugo

26 de febrero de 1802

Besanzón – Francia

 

martes, 27 de febrero de 2024

QUIEN NO AMA NO VIVE

 


QUIEN NO AMA NO VIVE

 

 

Quienquiera que fueres, óyeme:

si con ávidas miradas

nunca tú a la luz del véspero

has seguido las pisadas,

el andar suave y rítmico

de una celeste visión;

 

O tal vez un velo cándido,  

cual meteoro esplendente,

que pasa, y en sombras fúnebres

ocúltase de repente,

dejando de luz purísima

un rastro en el corazón;

 

Si sólo porque en imágenes

te la reveló el poeta,

la dicha conoces íntima,

la felicidad secreta,

del que árbitro se alza único

de otro enamorado ser;

 

Del que más nocturnas lámparas

no ve, ni otro soles claros,

ni lleva en revuelto piélago

más luz de estrellas ni faros

que aquella que vierten mágica

los ojos de una mujer;

 

Si el fin de sarao espléndido

nunca tú aguardaste afuera,

embozado, mudo, tétrico

mientras en la alta vidriera

reflejos se cruzan pálidos

del voluptuoso vaivén.

 

Para ver si como ráfaga

luminosa a la salida,

con un sonreír benévolo

te vuelve esperanza y vida

joven beldad de ojos lánguidos,

orlada en flores la sisen.

 

Si celoso tú y colérico

no has visto una blanca mano

usurpada, en fiesta pública,

por la de galán profano,

y el seno que adoras, próximo

a otro pecho, palpitar;

 

Ni has devorado los ímpetus

de reconcentrada ira,

rodar viendo el valse impúdico

que deshoja, mientras gira

en vertiginoso círculo,

flores y niñas al par;

 

Si con la luz del crepúsculo

no has bajado las colinas,

henchida sintiendo el ánima.

Si celoso tú y colérico

no has visto una blanca mano

 

de emociones mil divinas,

ni a lo largo de los álamos

grato el pasear te fue;

 

Si en tanto que en la alta bóveda

un astro y otro relumbra,

dos corazones simpáticos

no gozasteis la penumbra,

hablando palabras místicas,

baja la voz, tardo el pie;

 

Si nunca al roce magnético

temblaste de ángel soñado;

si nunca un Te amo dulcísimo,

tímidamente exhalado,

quedó sonando en tu espíritu

cual perenne vibración;

 

Si no has mirado con lástima

al hombre sediento de oro,

para el que en vano munífico

brinda el amor su tesoro,

y de regio cetro y púrpura

no tuviste compasión;

 

Si en medio de noche lóbrega

cuando todo duerme y calla,

y ella goza sueño plácido,

contigo mismo en batalla

no te desataste en lágrimas

con un despecho infantil;

 

Si enloquecido o sonámbulo

no la has llamado mil veces,

quizá mezclando frenético

las blasfemias a las preces,

también a la muere, mísero,

invocando veces mil;

 

Si una mirada benéfica

no has sentido que desciende

a tu seno, como súbito

lampo que las sombras hiende

y ver nos hace beatífica

región de serena luz;

 

O tal vez el ceño gélido

sufriendo de la que adoras,

no desfalleciste exánime,

misterios de amor ignoras;

ni tú has probado sus éxtasis

ni tú has llevado su cruz.

 

Víctor Hugo

26 de febrero de 1802

Besanzón – Francia