DEL PASADO EFÍMERO
Este hombre del
casino provinciano
que vio a Carancha
recibir un día,
tiene mustia la tez,
el pelo cano,
ojos velados por
melancolía;
bajo el bigote gris,
labios de hastío,
y una triste expresión,
que no es tristeza,
sino algo más y
menos: el vacío
del mundo en la
oquedad de su cabeza.
Aún luce de corinto
terciopelo
chaqueta y pantalón
abotinado,
y un cordobés color
caramelo,
pulido y torneado.
Tres veces heredó;
tres ha perdido
al monte su caudal;
dos ha enviudado.
Sólo se anima ante el
azar prohibido,
sobre el verde tapete
reclinado,
o al evocar la tarde
de un torero,
la suerte de un tahúr,
o si alguien cuenta
la hazaña de un
gallardo bandolero,
o la proeza de un matón,
sangrienta.
Bosteza de política
banales
dicterios al gobierno
reaccionario,
y augura que vendrán
los liberales,
cual torna la cigüeña
al campanario.
Un poco labrador, del
cielo aguarda
y al cielo teme;
alguna vez suspira,
pensando en su
olivar, y al cielo mira
con ojo inquieto, si
la lluvia tarda.
Lo demás, taciturno,
hipocondríaco,
prisionero en la
Arcadia del presente,
le aburre; sólo el
humo del tabaco
simula algunas
sombras en su frente.
Este hombre no es de
ayer ni es de mañana,
sino de nunca; de la
cepa hispana
no es el fruto maduro
ni podrido,
es un fruta vana
de aquella España que
pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la
cabeza cana.
Antonio Machado
26 de julio de 1875
Sevilla

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