¡Oh cuánto
pierde quien pierde
el
preciosísimo tiempo!
¡Oh
cuánto gana quien gana
sus
instantes y momentos!
Toda la
plata y el oro
y
diamantes de más precio
no valen
lo que un instante
que se
gasta para el cielo.
¡Oh
tiempo, riqueza suma
a quien te
estima! Yo creo
que ni un
solo respirar
no le exhale
sin provecho.
¡Oh infelicísima
vida
la que he
gastado sin miedo
de la
cuenta que he de dar
del
instante más pequeño!
Las coronas
y las mitras,
y aun las
tiaras, es cierto
que son
la misma desgracia
si
desperdician el tiempo.
¡Oh si
licencia les dieran
a los que
gastaron, necios,
el
tiempo, sin granjear
que
volviesen a sus cuerpos!
Con provechosa
codicia,
divinamente
avarientos,
guardarían
los instantes
como
antes los dineros.
Para adquirir
y ganar
vivimos
este destierro,
y
nuestros censos y juros
son los
espacios del tiempo.
Depende una
eternidad
de solo
un instante incierto:
¿Pues
cómo se pasa instante
sin dar
pasos a coeterno?
¡Oh si me
diesen a mí
tiempo en
que llorar el tiempo
que tan
sin cuenta he gastado
todo lo
mejor del tiempo!
De mi
tiempo mal gastado,
Dios mío,
a aquel tiempo apelo
que
dispuso tu piedad
el que yo
llegase a tiempo.
A sus
vanas alegrías
llama el
malo pasatiempos,
y tiempos
que así se pasan
traerán
tristeza a su tiempo.
¡Oh si
todos entendiesen
el que no
es ahora tiempo
de gozar!
Que al padecer
sea
dedicado este tiempo.
Sor
Marcela de San Félix
8 de
marzo de 1605
Toledo

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