SOLEDADES
Todas las
soledades –grises víboras- muerden
la duda
que taladra mis sienes abatidas.
Nadie finge
camino en torno de mis plantas
que
repliegan, medrosas, su impulso derrotado.
¡Soledad
de mi frente! Un residuo de sueños
la
empolva de ceniza.
-¡Qué
siniestra bandada de ideas en delirio
entrega
al huracán su pálido plumaje!-.
¡Soledad
de mis labios! Escondida zozobra
de los
besos en flor que no abrasa el estío,
nostalgia
de capullo condenado a vivir
su eterna
adolescencia.
¡Soledad
de mis manos! Inefable tortura
del gesto
que se duerme en trance de caricia.
¿Para qué
la ansiedad que entreabre mis palmas
si
adhieren a su curva inútiles vacíos?
Soledades
que cercan con límites de hierro
la
expansión luminosa y frágil de mi vida…
¡Rompe tú
las amarras que me retienen, muda,
en el
hueco sombrío de mi rincón doliente!
Ernestina
de Champourcin
10 de
julio de 1905
Vitoria

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