ENCUENTRO
No me abandones tú,
tristeza mía,
sobre el camino
que azota el viento
extraño
con su cálido soplo,
y cede; cara
tristeza al viento
que se extingue; y empujada
por éste hacia la
rada,
donde la última voz
exhala el día,
viaja una niebla,
alta se pliega un ala
de comorán.
El tajo al lado del
torrente, estéril
de aguas, vivo de
piedras y argamasas;
tajo de humanos actos
consumidos,
de mortecinas vidas
declinando
más allá del confín
que en círculo se
cierra: rostros secos,
manos, caballos en
hilera, ruedas
chirriantes: vidas
no: vegetaciones
del otro mar que la
oleada vence.
Se avanza en el
camino de cuajado
lodo sin rastro
como una procesión de
encapuchados
bajo la rota bóveda,
caída
casi hasta reflejar
escaparates,
en un aire que
envuelve nuestros pasos
denso e iguala los
sargazos
humanos fluctuando en
las cortinas
de bambú murmurante.
Si me abandonas tú,
tristeza, único
presagio vivo en este
nimbo, siento
que alrededor de mí
se extiende
un rumor como de
esferas cuando
una hora está próxima
a sonar;
y caigo inerte en la
apagada espera
del que no teme ya
en esta orilla
sorprendida por la ola
lenta, que no
aparece.
Tal vez vuelva a
tener una apariencia:
en la rasante luz
un movimiento que
conduce junto
a una mísera rama que
en un tiesto
crece sobre una
puerta de hostería.
A ella tiendo la
mano, hacerse mía
siento otra vida,
huella de una forma
que me fue
arrebatada; y como anillos
en los dedos no hojas
se me enroscan
sino cabellos.
Y nada más después.
¡Oh sumergida!:
desapareces como habías
venido
y nada sé de ti.
Tu vida es tuya aún:
entre las raras
vibraciones del día
ya esparcida.
Ruega por mí,
para que yo descienda
otro camino
distinto de una calle
de ciudad,
en el aire perdido,
ante el tropel
de los vivos; que te
sienta a mi lado, que
descienda sin
ruindad.
Eugenio Montale
12 de octubre de 1896
Génova – Italia

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