VIUDA
Viuda. Palabra que se
autoconsumo:
cuerpo, hoja de periódico
en el fuego,
por el aire un
instante sostenida
sobre la geografía
roja y cálida
que arrancará su
corazón cual ojo.
Viuda. Sílaba muerta,
con su sombra
de un eco, abre el
resorte en el tabique
del pasado secreto:
aire gastado,
recuerdos fétidos,
escalinatas
mecánicas que a ningún
sitio conducen…
Viuda. La amarga
araña se sienta
en el centro de sus
ejes resecos.
La muerte es su
vestido, gorro, cuello.
El rostro del marido,
blanco, inválido,
la cerca como a presa
que con gusto
de nuevo mataría,
verle cerca
cual rostro de papel
contra su pecho,
como sus cartas
conservar solía
tomándolas piel
nueva, viva y cálida,
pero ahora ella es
papel, y fría siempre.
Viuda: ¡estado vacío
y grande! Llena
de aire traidor está
la voz divina,
los arduos astros fáciles
promete,
y el espacio inmortal
entre los astros,
no cadáveres, flechas
hacia el cielo.
Viuda, inclínanse árboles
piadosos,
árboles de dolor y
soledades.
Como sombras en torno
al verde campo
o incluso como bocas
negras ciérnense.
La viuda les semeja,
es una sombra.
Las manos bien
cogidas, nada en ellas.
Alma sin cuerpo que
otra alma pide
en este aire sereno y
no lo nota:
un alma frágil como
el humo entra
en otra sin saber por
dónde pasa.
Es éste su temor: es
el temor
de que su alma late
aún y late sorda
como el ángel
mariano, cual paloma
contra un cristal a
todo ciega, menos
al hueco hoyo que
mira y mirar debe.
Sylvia Plath
27 de octubre de
1932
Boston – EEUU











