PRIMERA VELADA
Desnuda, casi
desnuda;
y los árboles
cotillas
a la ventana
arrimaban,
pícaros, su fronda pícara.
Asentada en mi sillón,
desnuda, juntó las
manos.
Y en el suelo,
trepidaban,
de gusto, sus pies,
tan parvos.
-Vi cómo, color de
cera,
un rayo con luz de
fronda
revolaba por su risa
y su pecho en la
flor, mosca,
-Besé sus finos
tobillos
y estalló en risa,
tan suave,
risa hermosa de
cristal,
desgranada en claros
trinos…
bajo el camisón, sus
pies
-¡Basta, basta!” –se
escondieron.
-¡La risa, falso
castigo
del primer
atrevimiento!
Trémulos, pobres, sus
ojos
mis labios besaron,
suaves:
-Echó, cursi, su
cabeza
hacia atrás: “Mejor,
si cabe…!
Caballero, dos
palabras…”
-Se tragó lo que
faltaba
con un beso que le
hizo
reírse… ¡qué a gusto
estaba!
-Desnuda, casi
desnuda;
y los árboles
cotillas
a la ventana
asomaban,
pícaros, su fronda pícara.
Arthur Rimbaud
20 de octubre de 1854
Charleville – Francia
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