ABUELA
En una luz verdosa,
entre olores verdosos,
en un vestido negro
como papel quemado,
la abuela se refleja
desde la mecedora,
al fondo del espejo.
Allí sentada no se
hamaca. Cruje.
Se le evaporan
casamiento y casas,
ocasiones de cuita,
los narrados,
secos jirones que de
a poco dieron
gusto a sangre en la
boca a la familia:
las guerras y los
muertos pequeñitos,
y los que luego luto
vistieron.
Y también el amor, si
acaso hubo,
la aridez de los
años, la gota de molicie
que murió inútil en
su piel reseca.
Todo tal la merienda
sorbida tarde a tarde,
de inmediato
olvidada.
Fue inmune a la
viruela.
Ignoró la codicia.
No vio la conyugal
Sicilia
ni muchas calles de
Montevideo.
Durante décadas le
bastó una amiga
y los recuerdos de un
Rosario mínimo.
Sólo insistía en
recordar el nombre
en italiano del
durazno.
Como el sabor, se le
olvidaba.
Sé que sobre sus
faldas tibias,
tibia dormía otra
Verdad secreta
que acunó su quietud.
La luz bajo cortinas
de filé melancólico,
por años la enfrenté
desde otra mecedora,
sin lograr
alcanzarla.
Ida Vitale
2 de noviembre de
1923
Montevideo – Uruguay

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