ENEMIGO ÍNTIMO
III
Se va el amor de
entre las manos con
la prisa de los ríos.
Nos paramos
a mirar la corriente
maravillados, como si
bebiéramos,
y va ya el agua en el
recuerdo solo.
Con su ardiente
desorden nos envuelve
el beso sin mañana.
Comenzó ayer apenas,
hoy la aurora
sorprende a los
amantes desolados.
En exilio vivimos de
aquel reino,
inmediato y distante,
donde es todo
claridad: no
respuesta,
sino entregada
ausencia de preguntas.
Quiero estar donde
estuve.
Resbala deshojada en
mi mejilla
la sonrisa de talco
de esta hora.
Aquí el amor de hoy
ha de inventarse
hoy, y mañana el de
mañana.
Si los amantes
detener pretenden
su candente nevada,
han de morir
antes de que el
oráculo
triunfe, con el
sigilo
de la boca en la
boca:
cuando ignoran sus
brazos aún el peso
de una carne
inservible.
En tanto que haya
muerte, habrá esperanza.
Pero ¿morir? ¿Y qué
es morir? ¿Nos queda
algo que pueda sernos
arrancado
por la muerte?
Y así nos resistimos
buscando, sin cesar,
de madrugada,
un pretexto
cualquiera:
este moroso cuello,
esos ojos oscuros,
aquel modo
de abandonar las
manos.
¿Nuestro universo se
derrumba y
no podremos morir?
¿Habrá una nueva
excusa cada día
que nos anime a
respirar? Yo pido
tregua para enterrar
a mis muertos, un
alba
en que golpee la luz
contra unos párpados
indiferentes. Pido
morir, morir, volver,
entrar de nuevo,
cerrar los ojos una
tarde y ver
cómo se apaga el
mundo.
Antonio Gala
Cuadro de Edouard Manet

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