UN DÍA, CON EL ALBA, VOLVÍA
SOLITARIO…
Un día, con el alba,
volvía solitario
de mis cosas de
hombre puedo ser hace tiempo.
La claridad nacía del
fondo de las calles
como la pena nace del
fondo de una copa.
Siempre se vuelve
solo. No sé por qué las calles
parecen ten vacías
cuando el amor termina.
A través de las
puertas cerradas, se sentía
vagar los esposos por
la humedad del sueño.
Nunca pude
entenderlo. Nos subimos a un cuerpo
como se sube un niño
a la rama más alta.
De pronto, bajo el
cielo, el cuerpo, que era todo,
se nos va consumiendo
debajo del abrazo.
De pronto comprobamos
que nos falla la tierra,
que por algún
resquicio la vida se derrama.
La plenitud redonda
que llegó por el tacto,
por ese mismo tacto
regresa y se disipa.
Por campos y tejadas
resbalaban los cinco.
Muy cerca, un
jazminero debía estar despierto.
Yo volvía cansado,
como vuelven los hombres
que han donado su
parte para el dolor del mundo.
La desnudez de un
brazo. Un cuello interminable.
Dos piernas que se
alejan buscando una salida.
Una cintura firme
donde apoyar las manos
como cuando se vuelca
el peso en el arado.
Nunca pude entenderlo.
Las miradas se enfrentan
como vueltos espejos
que en sí mismos acaban.
Delante de los ojos
hay láminas opacas
tras las que cada
amante disfraza su egoísmo.
Ella estuvo muy
cerca, aquella vez, de darme
algo que con el
tiempo tal vez fuera un recuerdo.
Desde aquí la
contemplo, pero no tiene rostro.
No sería más triste
si no hubiera existido.
Nos tiramos a un
cuerpo como al mar, y aprendemos
que el amor, como el
agua, no opone resistencia.
Bien poco es lo que
queda después, si la ternura
no inventa sus
razones para seguir viviendo.
Penetramos espacios
que no nos pertenecen.
La carne, como el
humo, se aleja si se toca.
Hoy ya no me pregunto
la razón, y me entrego,
y acepto, y disimulo;
pero sé que es chantaje.
Aquel día empezaba
como todos los días;
porque todos los días
empiezan y no acaban,
el alba suavizaba los
últimos aleros
y la luz preparaba su
primer estallido.
Siempre se vuelve
solo del amor. Como entonces.
Porque el hombre
limita con su piel, y los sueños
sólo cuentan, no
siempre, cuando un pecho, entrevisto,
nos revela de pronto
nuestra gran desventura.
Rafael
Guillén
27 de
abril de 1933
Granada

No hay comentarios:
Publicar un comentario
poesia