domingo, 25 de enero de 2026

CINE DE BARRIO

 




CINE DE BARRIO

 

Lloraba

sórdidamente por mi leve garganta,

por donde resbalaban

tímidamente las palabras húmedas,

las palabras sin nombre todavía.

Respiraba

con lentitud

forzada, para que mi agonía

no se lanzara presurosa al aire,

porque a mi alrededor

había mucha gente. Estaba

en la deshilvanada y familiar cola

de un paqueño cine de barrio: el “Chamberi”

(donde las butacas habían de estar caliente .era de sesión continua-,

donde un vaho maloliente

penetraría

por mis poros

durante más de dos horas,

donde, acaso, una “extraviada” pierna

rozaría la mía

y un taconazo afiladísimo

intentaría hacerle comprender a aquel podrido hueso,

su humana condición

de animal primitivo, donde…),

y me puse a observarla.

Novios, de los que luego parecería estaban ocupando

una sola butaca.

Niños que, mientras daban múltiples puntapiés en el asiento de delante,

irían alfombrando la sala de cacahuetes o pipas.

Hombres y mujeres de una edad ya madura,

pero infantiles, sencillos, que se reirían estrepitosamente

cuando el protagonista, al resbalar y caerse,

se embadurnara la cara

con una tarta de crema, o llorarían

con idéntica facilidad

ante cualquier lance folletinesco, e irían

alternando las carcajadas y el llanto

con un gran bocadillo de tortilla.

 

Sí, allí estaban todos

esperando su turno para tomar la entrada.

Contentos, felices con sus pequeñas aspiraciones

satisfechas. Para ellos

aquel rato de cine

vendría a ser

como una continuidad de lo que llevaban dentro.

Como un esparcimiento honesto

tras una jornada de intenso trabajo.

De pronto me miré, me miré hacia dentro y comprendí

que yo allí desentonaba, ya que mi alma,

no estaba acorde con la levedad del momento,

porque lo único

que iba buscando allí

era

una pequeña muerte de dos horas y pico.  

 

Elvira Lacaci

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