VIUDA
Viuda. Palabra
que se autoconsume:
cuerpo,
hoja de periódico en el fuego,
por el
aire un instante sostenida
sobre la
geografía roja y cálida
que
arrancará su corazón cual ojo.
Viuda. Sílaba
muerta, con su sombra
de un
eco, abre el resorte en el tabique
del
pasado secreto: aire gastado,
recuerdos
fétidos, escalinatas
mecánicas
que a ningún sitio conducen…
Viuda. La
amarga araña se sienta
en el
centro de sus ejes resecos.
La muerte
es su vestido, gorro, cuello.
El rostro
del marido, blanco, inválido,
la cerca
como a presa que con gusto
de nuevo
mataría, verle cerca
cual
rostro de papel contra su pecho,
como sus
cartas conservar solía
tornándolas
piel nueva, viva y cálida,
pero
ahora ella es papel, y fría siempre.
Viuda: ¡estado
vacío y grande! Llena
de aire
traidor está la voz divina,
los
arduos astros fáciles promete,
y el
espacio inmortal entre los astros,
no cadáveres,
flechas hacia el cielo.
Viuda,
inclínanse árboles piadosos,
árboles
de dolor y soledades.
Como sombras
en torno al verde campo
o incluso
como bocas negras ciérnense.
La viuda
les semeja, es una sombra.
Las manos
bien cogidas, nada en ellas.
Alma sin
cuerpo que otra alma pide
en este
aire sereno y no lo nota:
un alma
frágil como el humo entra
en otra
sin saber por dónde pasa.
Es éste
tu temor: es el temor
de que su
alma late aún y late sorda
como el ángel
mariano, cual paloma
contra un
cristal a todo ciega, menos
al hueco
hoyo que mira y mirar debe.
Sylvia Plath

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