ESPIGA SIN GRANAR
Nunca me
acerco tanto a ser mujer
como
cuando abandono mis palabras,
repliego
el abanico
tras el
que ensayo risas de gioconda,
desciendo
del tinglado de mis gestos
por
peldaños estrechos y gastados
y me
quito en silencio, a oscuras,
los
adornos.
Alguien
está conmigo a quien no veo,
que me
recoge el alma como un traje arrugado
y me la
va subiendo de los pies a los hombros:
la mujer
que seré.
No alcanzo
todavía a mirar cara a cara
a esa
mujer secreta, que apenas si aletea
cuando
deja de oírme trajinar
y avizora
en la gruta del silencio
inexorables
sendas
que algún
día tendré que recorrer
y que
ella ya conoce, recorre y selecciona
con su
dedo de aire
entre la
red tupida de señales
de un
mapa estrafalario.
Nunca veré
sus ojos de sibila.
Ahora porque
no llego a ellos, de tan altos,
de tan
imprevisibles,
y un día –no
sé cuándo—porque serán los míos
--¡qué
curioso pensarlo!--,
sustituirán
el brillo mendaz de los espejos
y abarcarán
muy serios,
bajo un
toldo de sombra
--¿por qué
pienso tan seria a esa mujer?—
la figura
lejana e irisada
de
aquella adolescente
que
soñaba una vez con conocerla
y le
mandaba a ciegas
mensajes
como este que ahora escribo.
Dime dónde
estarás cuando lo leas,
mujer de
la mirada indescifrable,
dónde
estaremos cuando lo leamos,
qué habrá
sido de mi dentro de ti.
Escondo la
cabeza entre los brazos
y
contengo el aliento.
“Espera –espera—espera”,
canta el
viento azotando mi guarida
y
apagando la llama
del último
candil.
Y la
palabra espera es un camino
serpenteando
incógnito
entre rachas
de bruma.
Carmen Martín
Gaite

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