sábado, 24 de enero de 2026

ESPIGA SIN GRANAR

 


ESPIGA SIN GRANAR

 

Nunca me acerco tanto a ser mujer

como cuando abandono mis palabras,

repliego el abanico

tras el que ensayo risas de gioconda,

desciendo del tinglado de mis gestos

por peldaños estrechos y gastados

y me quito en silencio, a oscuras,

los adornos.

 

Alguien está conmigo a quien no veo,

que me recoge el alma como un traje arrugado

y me la va subiendo de los pies a los hombros:

la mujer que seré.

 

No alcanzo todavía a mirar cara a cara

a esa mujer secreta, que apenas si aletea

cuando deja de oírme trajinar

y avizora en la gruta del silencio

inexorables sendas

que algún día tendré que recorrer

y que ella ya conoce, recorre y selecciona

con su dedo de aire

entre la red tupida de señales

de un mapa estrafalario.

Nunca veré sus ojos de sibila.

Ahora porque no llego a ellos, de tan altos,

de tan imprevisibles,

y un día –no sé cuándo—porque serán los míos

--¡qué curioso pensarlo!--,

sustituirán el brillo mendaz de los espejos

y abarcarán muy serios,

bajo un toldo de sombra

--¿por qué pienso tan seria a esa mujer?—

la figura lejana e irisada

de aquella adolescente

que soñaba una vez con conocerla

y le mandaba a ciegas

mensajes como este que ahora escribo.

Dime dónde estarás cuando lo leas,

mujer de la mirada indescifrable,

dónde estaremos cuando lo leamos,

qué habrá sido de mi dentro de ti.

 

Escondo la cabeza entre los brazos

y contengo el aliento.

 

“Espera –espera—espera”,

canta el viento azotando mi guarida

y apagando la llama

del último candil.

Y la palabra espera es un camino

serpenteando incógnito

entre rachas de bruma.

 

Carmen Martín Gaite

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