DESPUÉS DEL AMOR
Tendida tú
aquí, en la penumbra del cuarto,
como el
silencio que queda después del amor,
yo
asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus
bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi
mano repaso las lindes delicadas de tu vivir
retraído.
Y siento
la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace
un
instante, en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo
consiente a la masa que perdió por el amor su
forma
continua,
para
despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de
la llama,
convertirse
otra vez en el cuerpo veraz en sus límites se rehace.
Tocando esos
bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente
desnudos,
se sabe
que la amada persiste en su vida.
Momentánea
destrucción el amor, combustión que
amenaza
al puro
ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo
cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la
miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la
vida,
la
silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos
llamaba.
He aquí
el perfecto baso del amor que, colmado,
opulento
de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí
los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado
pie,
y arriba
los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la
mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa
nacido,
y la
frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que
allí lúcido vela.
En medio,
sellando el rostro nítido que la tarde amarilla
caldea
sin celo,
está la
boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa
llave del recinto del fuego.
Rozo tu
delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras
pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.
Vicente
Aleixandre
26 de
abril de 1898
Sevilla
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