CREPÚSCULO
El Sol
tocaba en su ocaso,
y la luz
tibia y dudosa
del crepúsculo
envolvía
la
naturaleza toda.
Los dos
estábamos solos,
mudos de
amor y zozobra,
con las
manos enlazadas,
trémulas
y abrasadoras,
contemplando
cómo el valle,
el mar y
apacible costa,
lentamente
iban perdiendo
color,
transparencia y forma.
A medida
que la noche
adelantaba
medrosa,
nuestra
tristeza se hacia
más
invencible y más honda.
Hasta que
al fin, no sé cómo,
yo
trastornado, tú loca,
estalló
en ardiente beso
nuestra
pasión silenciosa.
¡Ay! al
volver suspirando
de aquel éxtasis
de gloria,
¿qué
vimos? Sombra en el cielo,
y en
nuestra conciencia sombra.
Gaspar Núñez
de Arce
4 de
agosto de 1832
Valladolid

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