EL SILENCIO
Hay un
vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más
profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro
cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo
parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya
no pensamos con palabras
que todo
lo confunden.
Además
¿para qué
edificar un templo de un grito?
Un grito
que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito
que no oye el pastor de planetas.
Un grito
que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo
que visitan arenas y huracanes.
La boca
ha gritado,
¿de qué
huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará
otra vez silencio,
historia no
aprendida
y vida
sin pregunta?
¿En
qué agua de otro tiempo
se pulió
la mandíbula y su origen?
¿En qué
apagado sol
se removió
su cero antes del cero?
Gritar:
tan sólo un accidente, una arruga en el aire.
Y
un destrozo,
un harapo
de algo; un desgarrón superfluo
desde el
violento, desde el distraído
que
empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto,
sólo, habla.
Se oye su
voz pavorreal.
Y el
grito se desenrosca desde su sima profunda:
un
poquito de aire que, primero,
tropieza
con la esquina del pulmón,
garganta
arriba. Luego ulula, asalta
la pared
que contiene su infinitud,
su triste
desmesura,
arañando
su cárcel, resuelto en templo,
ecos en
frío crisopacio que se aleja,
en el
tiempo, de la boca: su nido.
Y nada
alrededor. La boca mueve
sus alas
sin sonido, sin sentido,
entre el
agua y el huerto,
entre
hueso temprano y légamo futuro,
entre el
cero y el cero.
Entre el
cero y su carga.
Julia
Uceda
22 de
octubre de 1925
Sevilla

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