CON QUÉ DOLOR, Y VÁLGAME SER
FRANCO…
¡Con qué dolor, y válgame
ser franco,
trazo los versos que
a mi lado impetras!
Esta cuartilla de
papel en blanco
me parece una lápida
sin letras.
Tristísimo recuerdo
me acongoja
y pienso, visionario
como un zafio,
que escribo, no una
endecha en una hoja,
sino sobre un
sepulcro un epitafio.
No extrañes, no, que
mi razón sucumba
a esta ilusión que
envuelve algo de cierto
porque, ay, tu corazón
es una tumba
desde el instante en
que tu amor fue un muerto.
¡Tu amor! ve el mío
que cual ámbar de oro
paréceme que nunca se
consume,
que ni siquiera sufre
deterioro
aunque despida sin
cesar perfume.
Mas ¿a dónde me lleva
mi extravío?
Perdona a mi amargura
ese reproche.
Por ti puedo decir
como el judío:
¡un ángel ha pasado
por mi noche!
Por ti en el molde
general no cupe;
quise ovaciones,
codicié oropeles
y en la tribuna y con
la lira supe
ganar aplausos y
obtener laureles.
Después… ¡mi gloria
huyó con mi ventura
y, como nube
tenebrosa, el duelo
ha cerrado en mi alma
la abertura
que daba grande y
esplendente al cielo!
Adiós. Dejo a tus
plantas un gemido
y retorno a la sombra
más espesa
pues vuelvo a la que reina
en el olvido,
y no hay otra tan
negra como ésa.
Salvador Díaz Mirón
14 de diciembre de
1853
Veracruz - México

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