EL AMOR Y LA SANGRE
“Borradle. Labraremos la paz, la
paz, la paz,
a fuerza de caricias, a
puñetazos puros…”
Blas de Otero
El amor sube por la
sangre. Quema
la ortiga del
recuerdo y reconquista
el ancho campo
abierto, la ceniza
fundadora, que la
brasa sostiene.
El amor es herencia
de la sangre,
como el odio, su
amante, y se mantienen
íntimos, besándose,
nutriéndose
de sus dobles
sustancias transmitidas.
Nada podrá
arrancarles de su abrazo:
La espada, el hielo,
el tiempo, con sus filos
mezclarán sangres,
que, lluviosamente,
germinarán odios,
amor o nuevas sangres.
¿Cómo decir:
--“Aquellos, que
nunca conocieron
la sangre derramada,
que separen
el odio del amor y
reconstruyan
las viejas catedrales
de la dicha…”
¿”Aquellos”?, ¿son
acaso otros que los murientes
trasvasados, hechos
de sangre antigua?
No es posible lavarse
el alma ni las manos
cuando fluye hacia
ellas sangre y olor a sangre.
Si ha de hacerse el
amor, será con sangre
trepadora, quemante,
conocida,
pura sangre del odio,
amante impávido
que el amor
fecundiza.
Si ha de hacerse la
paz…
--¡Callad, campanas!,
¡Ved la tierra, la
tierra, que resume
su tempero sangriento
y le convierte
en paz, en paz, a
puñetazos puros…!
Victoriano Crémer
18 de diciembre de
1906
Burgos

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