BELLA DAMA SIN
PIEDAD
Se
deslizaba por las galerías.
No la vi.
Llegué tarde, como todos,
y alcancé
nada más la lentitud
púrpura
de la cauda; la atmósfera vibrante
de aria
recién cantada.
Ella no.
Y era más
que
plenitud su ausencia
y era más
que esponsales
y era más
que semilla en que madura el tiempo:
esperanza
o nostalgia.
Sueña, no
está. Imagina, no es. Recuerda,
se
sustituye, inventa, se anticipa,
dice
adiós o mañana.
Si
sonríe, sonríe desde lejos,
desde lo
que será su memoria, y saluda
desde Su
antepasado pálido por la muerte.
Porque no
es el cisne. Porque si la señalas
señalas
una sombra en la pupila
profunda
de los lagos
y del
esquife sólo la estela y de la nube
el
testimonio del poder del viento.
Presencia
prometida, evocada. Presencia
posible
del instante
en que
cuaja el cristal, en que se manifiesta
el
corazón del fuego.
El vacío
que habita se llama eternidad.
Rosario
Castellanos
25 de
mayo de 1925
Ciudad de
México – Méjico
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