martes, 26 de mayo de 2026

CRIATURAS DEL GOZO

 




CRIATURAS DEL GOZO

A Edith Zippericg y Antoni Mari

 

Fuera inútil ahora preguntarnos

por qué el estío nos reunió entre sus manos claras

como cabellos que trenzaran un nido,

descifrar el emblema del nombre sobre campo

de trigos,

abrir en gajos

las estelas de azar

o la cita acordada

y ¿por quién? Que allí nos convocaba.

¿Conocer? ¿Para qué?

Sentir, saber y basta.

Todo está vivo aún

y es suficiente

porque vuelve palabra

la piel de esta certeza

y traslúcido el tiempo.

 

El palomar. La isla. Una hoguera de miel

donde solo escuchábamos el rumor de la luz.

Como aquella mañana

hoy trasmina la tierra y era música

su blanco aroma a lienzos en el arca

de la memoria

que reconoce idéntico el espacio

y tan distinto

en que habitó el milagro:

aquí creció una yedra

de venas asombradas,

estalló la ensenada

en un clamor de cuarzos

y el remanso crujió

de flores amarillas.

Ya nunca moriremos.

A pesar del dolor ya nunca moriremos.

Aunque es la entrega huida

de manos llenas y de pies ligeros

y apenas dura un mundo

la caricia total con que nos roza

como ala transparente la verdad.

¡Qué triste es el acorde fugaz de lo perfecto!

Pero escucha la voz

que nacía empozada

de la cueva:

franqueamos sus labios de verdines musgosos

y bajamos riendo al manantial oscuro

de la desolación.

Entreabría el destino la puerta

y aprendimos en su bisagra

el oxidado canto de la queja.

Pliegues de claridad nos iniciaban.

Pero afuera, cigarras calcinadas llamándonos a gritos,

crepitaban unánimes todos los girasoles

como un coro diáfano de astillas

y un pájaro de ámbar

cruz de pronto el cielo.

 

Éramos puramente criaturas del gozo

a salvo del dolor por un instante,

no intactos sino indemnes

porque al regreso ya de tantas cosas,

entregados y plenos

a la tea que sacia momentánea

la escasez del exceso,

a la rama estañada que corona de dicha,

a los dátiles tibios que sonríe la tarde

con el mandil cuajado de manojos de agua,

en la fresca inocencia

de lo que ha derramado su medida

y grávido, rebasa y se concede

por gracia de esa tregua

con que a veces la vida nos regala:

ser y semos tan sólo

y serlo todo

para justificar el universo.


Amparo Amorós 

4 de febrero de 1950

Valencia 

 

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