EL IGNORANTE
Me asusta
el gran vacío en que me muevo.
Todo lo
que ahora ignoro y lo que nunca
podré
saber, mi múltiple ignorancia
inmensa y
despoblada catacumba
por la
que avanzo torpemente a ciegas.
Estoy hecho
de inopias y renuncias.
Soy la luz
negra, los oídos sordos.
Vivir apenas
es la rosa oscura
que el
olfato no capta. Soy los ojos
cerrados,
fríos; soy la boca muda,
la mano
que tantea realidades.
La realidad
es un sol que se nubla.
Jamás sabré
qué son estas mañanas
en que
todo de nuevo se pronuncia,
ni que
son estas tardes en que todo
se torna
violetas inseguras,
ni por
qué están las noches envolviéndonos
en su
placenta maternal, telúrica.
Jamás sabré
qué son las cordilleras
en donde
los demás seres se agrupan,
desde
donde de pronto me descubren,
donde la
libertad propia me usurpan
o donde
sin razón, sin merecerlo,
otras
veces me ayudan.
Profano ante
el misterio, bulto áfono
ante el
prodigio azul que me circunda,
lego de
las arcanas religiones
que las
especies vivas perpetúan,
condenado
a la agnosia y al silencio,
reo de
incomprensión, miro la lluvia
levantar
el milagro, entre los párpados
siento el
sol que la vida misma enjuga,
percibo
las terribles tensiones que se amansan,
en la
apariencia cósmica de música.
Desahuciado
ignorante establecido
en átona
asofía, can que aúlla
en las
terrazas de su desconsuelo
a la
increíble y conquistada luna,
busco sólo,
ya en esta hora de ocaso,
entre tus
manos, cuando tú las juntas
tan
amorosamente con las mías,
algo de
amor que mi ignorancia supla.
Leopoldo
de Luis
11 de
mayo de 1918
Córdoba

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