LA INJUSTICIA
¿De qué
sima te yergues, sombra negra?
¿Qué
buscas?
Los oteros,
como
lagartos verdes, se asoman a los valles
que se
hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean,
abiertos, los rebaños,
mientras
la luz palpita, siempre recién creada,
mientras
se comba el tiempo, rubio mastín que duerme a
las puertas de Dios.
Pero tú
vienes, mancha lóbrega,
reina de
las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas
pupilas, proyectadas
como dos
meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando
en las rojas melenas del ocaso,
flagelando
las cumbres
con
cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad
devorante de siglos y de mundos,
como una
inmensa tumba,
empujada
por furias que ahíncan sus testuces,
duros
chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la
terneza ignoran.
Sí, del
abismo llegas,
hosco sol
de negruras, llegas siempre,
onda
turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria
del amor, cuando él nacida
en el día
primero.
Tú empañas
con tu mano
de húmeda
noche los cristales tibios
donde al
azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas
era
tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones
en la nítida mirada
la
primera llama verde
de los
turbios pantanos.
Tú
amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón
del viejo,
y azuzas
el espanto
de su
triste jauría abandonada
que ladra
furibunda en el hondón del bosque.
Y van los
hombres, desgajados pinos,
del
oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando
en las quiebras,
como teas
de sombra, ya lívida, ya ocres,
como
blasfemias que al infierno caen.
…Hoy
llegas hasta mí.
He sentido
la espina de tus podridos cardos,
el vaho
de ponzoña de tu lengua
y el jirón
de tus alas que arremolina el aire.
El alma
era un aullido
y mi
carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere,
hiere, sembradora del odio:
no ha de
saltar el odio, como llama de azufre, de mi herida.
Heme aquí:
soy
hombre, como un dios,
soy
hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero
bullir de un metal misterioso que irradia la ternura.
Podrás herir
la carne
y aun
retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás
la brasa del gran amor que fulge
dentro
del corazón,
bestia
maldita.
Podrás herir
la carne.
No morderás
mi corazón,
madre del
odio.
Nunca en
mi corazón,
reina del
mundo.
Dámaso Alonso
Cuadro: "La justicia castigando la injusticia" de Jean Marc Nattier

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