martes, 24 de febrero de 2026

LA INJUSTICIA



LA INJUSTICIA

 

¿De qué sima te yergues, sombra negra?

¿Qué buscas?

                      Los oteros,

como lagartos verdes, se asoman a los valles

que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.

Y sestean, abiertos, los rebaños,

mientras la luz palpita, siempre recién creada,

mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme a

     las puertas de Dios.

 

Pero tú vienes, mancha lóbrega,

reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas

   pupilas, proyectadas

como dos meteoros crecientes de lo oscuro,

cabalgando en las rojas melenas del ocaso,

flagelando las cumbres

con cabellos de sierpes, látigos de granizo.

 

Llegas,

oquedad devorante de siglos y de mundos,

como una inmensa tumba,

empujada por furias que ahíncan sus testuces,

duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,

que la terneza ignoran.

 

Sí, del abismo llegas,

hosco sol de negruras, llegas siempre,

onda turbia, sin fin, sin fin manante,

contraria del amor, cuando él nacida

en el día primero.

 

Tú empañas con tu mano

de húmeda noche los cristales tibios

donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas

era tierna la dicha, se estrenaba la luz,

y pones en la nítida mirada

la primera llama verde

de los turbios pantanos.

 

Tú amontonas el odio en la charca inverniza

del corazón del viejo,

y azuzas el espanto

de su triste jauría abandonada

que ladra furibunda en el hondón del bosque.

 

Y van los hombres, desgajados pinos,

del oquedal en llamas, por la barranca abajo,

rebotando en las quiebras,

como teas de sombra, ya lívida, ya ocres,

como blasfemias que al infierno caen.

 

 

…Hoy llegas hasta mí.

He sentido la espina de tus podridos cardos,

el vaho de ponzoña de tu lengua

y el jirón de tus alas que arremolina el aire.

 

El alma era un aullido

y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.

 

Hiere, hiere, sembradora del odio:

no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de mi herida.

 

Heme aquí:

soy hombre, como un dios,

soy hombre, dulce niebla, centro cálido,

pasajero bullir de un metal misterioso que irradia la ternura.

 

Podrás herir la carne

y aun retorcer el alma como un lienzo:

no apagarás la brasa del gran amor que fulge

dentro del corazón,

bestia maldita.

 

Podrás herir la carne.

No morderás mi corazón,

madre del odio.

Nunca en mi corazón,

reina del mundo.

 

Dámaso Alonso

Cuadro: "La justicia castigando la injusticia" de Jean Marc Nattier

 

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