UNA VIDA
Tócala:
no se encogerá como pupila
esta
rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí
ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena,
como flora distinta
de un
tapiz en la quieta urdimbre vasta.
Toca este
vaso con los dedos: sonará
como
campana china al mínimo temblor del aire
aunque
nadie lo note o se anime a contestar.
Los
indígenas, como el corcho graves,
todos
ocupadísimos para siempre jamás.
A sus
pies las olas, en fila india,
no
reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el
aire se atascan,
frenan,
caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes
enarboladas o orondas, encima.
Como
almohadones victorianos. Esta familia
de
rostros habituales, a un coleccionista,
por
auténtica, como porcelana buena, gustaría.
En otros
lugares el paisaje es más franco.
Las luces
mueren súbitas, cegadoramente.
Una mujer
arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo
de hospital en torno, parece
la luna o
una cuartilla de papel intacto.
Se diría
que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive
silente.
Y sin
vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada,
el mar, plano como una postal,
que una
dimensión demás le impide penetrar.
Dolor y
cólera neutralizadas
ahora
dejad la en paz.
El
porvenir es una gaviota gris, charla
con voz
felina de adioses, partida.
Edad y
miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un
ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo
a la orilla.
Sylvia
Plath
27 de
octubre de 1932
Jamaica
Plain – Boston – EEUU
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