sábado, 7 de marzo de 2026

EL DELIRIO



EL DELIRIO

 

Oigo del mundo el eco lisonjero sonar,

gozoso en torno de mi mente,

y la insensata gente

veo correr en vano

sin poder halagar ningún sentido:

¿será, que la fortuna a los mortales

jamás otorgue algún placer cumplido;

o que el fastidio siga a las pasiones,

que no pueden saciar sus corazones?

 

Genio, que inspiras sin cesar mi canto,

yo me abandono a ti; guía mi acento;

vuela en pos del contento

que el hombre te presenta en su grandeza,

cuando engañado su vivir fatiga,

y sus tesoros por gozar prodiga.

 

Jamás el espectáculo pomposo

vio del sol al nacer, ni sus oídos

el canto de las aves melodioso

gozaron, cuando el orbe se ilumina;

sumido en ocio, de velar cansado,

la noche se avecina

cuando el lecho dejando lentamente,

torna de los placeres al bullicio,

con que el mundo le encubre el precipicio.

 

Piensa que puede amar, y ser amado;

y los deleites del amor siguiendo,

un instante engañado

vivió de su ilusión encantadora;

pero nunca gozó: desconfianzas,

ingratitud, traiciones le atormentan;

celos devoradores

le acosan sin cesar con sus furores;

y si en la variedad busca delicias,

el interés le vende sus caricias.

 

El lujo le previene los banquetes

que la gula inventó; soberbio en ellos

adula su deseo caprichoso

con viandas exquisitas:

naturaleza de su seno hermoso,

los dones le presenta, que cultiva

bañado de sudor el desvalido,

allí desvanecido,

de falaces amigos rodeado,

con extraños licores lisonjea

su apetito estragado,

hasta que en el desorden ya beodo

pierde con la razón el placer todo.

 

Envilecido entonces, degradado

del nombre racional corre aturdido

del circo al espectáculo sangriento,

en él, igual a las sañudas fieras,

del hombre perseguidas,

tranquilo goza el bárbaro contento

de ver los inocentes animales

rabiando de perecer; y si la suerte

no protege los diestros lidiadores

también sin susto ve llegar su muerte.

 

Si asiste del teatro a las delicias,

sólo es por vanidad; su entendimiento

desconoce del arte los encantos:

el vano lucimiento

ocupa su atención; no las pasiones

que ve representar; no las desgracias,

ni el castigo, que alcanza el vicio impío,

su corazón movieron,

de sentimientos y virtud vacío.

 

Alguna vez de estruendo venatorio

seguido al campo sale;

y en el placer de muerte embebecido

las libres aves su rigor destruye;

que el privilegio de volar no vale

contra el ronco estallido

de la pólvora atroz; ni el manso ciervo,

ni la tímida liebre,

ni el veloz gamo su vivir libraron;

todos perecen: ¡ay!, cuando se aleja,

rastros de sangre por el valle deja.

 

Corre luego al festín; el atractivo

de la danza le ofrece sus deleites;

allí en tropel festivo

los mortales alegres se abandonan:

quien, en vueltas acá y allá girando,

en sus brazos conduce la doncella;

quien, rápido saltando,

del bello sexo la pasión excita;

quien, por danzar se agita,

y a los espectadores atropella:

los ojos se deleitan, los oídos;

y el tacto encanta los demás sentidos.

 

En vano este delirio pasajero

su languidez desvela,

mas poderoso objeto necesita,

para gozar placer; al juego vuela,

al juego destructor; en él consume

su tiempo y su riqueza:

en sus falaces suertes pierde el oro,

que socorrer pudiera cien familias,

deja entre las manos de un malvado,

lo que aliviar debiera al desdichado.

 

Si honoríficos puestos solicita,

¡cuánto a su orgullo que sufrir le espera!

La brillante carrera

de los premios emprende,

sin merecer ninguno; en ella ansioso

teme desaires, humillado ruega,

lisonjea, importuna,

y si acaso concede la fortuna

a su anhelar la injusta recompensa,

llega la senectud, y en por la muerte

se presenta, seguida

del atormentador remordimiento,

de dolencia y terror; en vano entonces

remedios busca, por alivio clama;

el sepulcro lo llama;

baja a su seno, y su memoria en tanto

de nadie logra compasión ni llanto.

 

¿Y qué placer gozó? Todos huyeron

fugaces, del destino a la inconstancia;

todos en aflicción se convirtieron

cuando llegó su fin. ¿Acaso existe

algún placer durable cual la vida?

¿Acaso el mundo los consuelos niega

de recordar la dicha, aunque perdida?

 

No, débiles mortales;

la sagrada virtud en nuestros males

brilla, como la luz en las tinieblas;

ella conforta el corazón humano

contra la adversidad; y el poderoso,

que al triste socorrió con larga mano,

consigue venturoso

el supremo placer de hacer felices:

este es solo el deleite duradero

hasta el instante de vivir postrero.

 

Maria Rosa Gálvez de Cabrera

14 de agosto de 1768

Málaga

 



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