EL DELIRIO
Oigo del
mundo el eco lisonjero sonar,
gozoso en
torno de mi mente,
y la
insensata gente
veo
correr en vano
sin poder
halagar ningún sentido:
¿será,
que la fortuna a los mortales
jamás
otorgue algún placer cumplido;
o que el
fastidio siga a las pasiones,
que no
pueden saciar sus corazones?
Genio,
que inspiras sin cesar mi canto,
yo me
abandono a ti; guía mi acento;
vuela en
pos del contento
que el
hombre te presenta en su grandeza,
cuando
engañado su vivir fatiga,
y sus
tesoros por gozar prodiga.
Jamás el
espectáculo pomposo
vio del
sol al nacer, ni sus oídos
el canto
de las aves melodioso
gozaron,
cuando el orbe se ilumina;
sumido en
ocio, de velar cansado,
la noche
se avecina
cuando el
lecho dejando lentamente,
torna de
los placeres al bullicio,
con que
el mundo le encubre el precipicio.
Piensa que
puede amar, y ser amado;
y los
deleites del amor siguiendo,
un
instante engañado
vivió de
su ilusión encantadora;
pero
nunca gozó: desconfianzas,
ingratitud,
traiciones le atormentan;
celos
devoradores
le acosan
sin cesar con sus furores;
y si en
la variedad busca delicias,
el interés
le vende sus caricias.
El lujo
le previene los banquetes
que la
gula inventó; soberbio en ellos
adula su
deseo caprichoso
con
viandas exquisitas:
naturaleza
de su seno hermoso,
los dones
le presenta, que cultiva
bañado de
sudor el desvalido,
allí
desvanecido,
de
falaces amigos rodeado,
con
extraños licores lisonjea
su
apetito estragado,
hasta que
en el desorden ya beodo
pierde
con la razón el placer todo.
Envilecido
entonces, degradado
del
nombre racional corre aturdido
del circo
al espectáculo sangriento,
en él,
igual a las sañudas fieras,
del
hombre perseguidas,
tranquilo
goza el bárbaro contento
de ver
los inocentes animales
rabiando
de perecer; y si la suerte
no
protege los diestros lidiadores
también sin
susto ve llegar su muerte.
Si asiste
del teatro a las delicias,
sólo es
por vanidad; su entendimiento
desconoce
del arte los encantos:
el vano
lucimiento
ocupa su
atención; no las pasiones
que ve
representar; no las desgracias,
ni el
castigo, que alcanza el vicio impío,
su corazón
movieron,
de
sentimientos y virtud vacío.
Alguna
vez de estruendo venatorio
seguido
al campo sale;
y en el
placer de muerte embebecido
las
libres aves su rigor destruye;
que el
privilegio de volar no vale
contra el
ronco estallido
de la pólvora
atroz; ni el manso ciervo,
ni la tímida
liebre,
ni el
veloz gamo su vivir libraron;
todos
perecen: ¡ay!, cuando se aleja,
rastros
de sangre por el valle deja.
Corre luego
al festín; el atractivo
de la
danza le ofrece sus deleites;
allí en
tropel festivo
los mortales
alegres se abandonan:
quien, en
vueltas acá y allá girando,
en sus
brazos conduce la doncella;
quien, rápido
saltando,
del bello
sexo la pasión excita;
quien,
por danzar se agita,
y a los
espectadores atropella:
los ojos
se deleitan, los oídos;
y el
tacto encanta los demás sentidos.
En vano
este delirio pasajero
su
languidez desvela,
mas
poderoso objeto necesita,
para
gozar placer; al juego vuela,
al juego
destructor; en él consume
su tiempo
y su riqueza:
en sus
falaces suertes pierde el oro,
que
socorrer pudiera cien familias,
deja
entre las manos de un malvado,
lo que
aliviar debiera al desdichado.
Si honoríficos
puestos solicita,
¡cuánto a
su orgullo que sufrir le espera!
La brillante
carrera
de los
premios emprende,
sin
merecer ninguno; en ella ansioso
teme
desaires, humillado ruega,
lisonjea,
importuna,
y si
acaso concede la fortuna
a su
anhelar la injusta recompensa,
llega la
senectud, y en por la muerte
se
presenta, seguida
del
atormentador remordimiento,
de
dolencia y terror; en vano entonces
remedios
busca, por alivio clama;
el
sepulcro lo llama;
baja a su
seno, y su memoria en tanto
de nadie
logra compasión ni llanto.
¿Y qué placer
gozó? Todos huyeron
fugaces, del
destino a la inconstancia;
todos en
aflicción se convirtieron
cuando
llegó su fin. ¿Acaso existe
algún
placer durable cual la vida?
¿Acaso el
mundo los consuelos niega
de
recordar la dicha, aunque perdida?
No, débiles
mortales;
la
sagrada virtud en nuestros males
brilla,
como la luz en las tinieblas;
ella
conforta el corazón humano
contra la
adversidad; y el poderoso,
que al
triste socorrió con larga mano,
consigue
venturoso
el
supremo placer de hacer felices:
este es
solo el deleite duradero
hasta el
instante de vivir postrero.
Maria Rosa
Gálvez de Cabrera
14 de
agosto de 1768
Málaga

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