AMANTES
El que
todo lo ama con las manos
despierta
la caricia de las cítaras,
siente el
silencio y su pesada carne
fluyendo
como ungüento entre los dedos,
lame la
lenta lengua de sus manos
el hueso
de la tarde y sus sortijas
se
enredan en el ave adormecida
del
viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo
palpitante del abrazo
extenuado
cual cervato agónico,
y con el
pico frío de sus uñas
monda la
oliva efímera del beso.
El que se
ama solo, el que se sueña
bajo el
deseo blanco de las sábanas,
el que
llora por sí, el que se pierde
tras
espejos de lluvia y el que busca
su boca
cuando bebe el don del vino,
el que
sorbe en la axila de la rosa
la pereza
oferente de sus hombros,
el que
encuentra los muslos del aljibe
contra
sus muslos, como un saurio verde
sobre el
mármol desnudo e inviolado,
ese que
pisa, sombra, desdeñoso
el
pavimento de las madrugadas.
El que
ama un instante peregrino
voluble,
de flauta hasta los labios,
de la
trenza al cítiso, de los cisnes
a la
garganta, de la perla al párpado,
de la
cintura al ágata, del paje
a la
calandria y tras él, silente
va
talando el olvido de las mieses altas,
tirso
áureos de espigas, leves brotes,
todo un
bosque confuso de recuerdos,
y él va
cantando, ruiseñor nocturno,
capricho
y galanía, bajo la luna.
Y el que
besa llorando y el que sólo
sabe
ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no
amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte
lleva silencioso
devorando
su corazón de gules.
Todos, la
noche maga con su rezo
los
enloquece, clava en sus pupilas
el helor
de su vaga nieve negra,
les da a
beber rencor entre sus manos,
los hurta
en el arzón de sus corceles,
los trae
y los lleva como mar en cólera,
coronadas
las olas de sollozos,
de
cabelleras náufragas, de sangre,
y los
devuelve dulces, poseídos,
hasta la
playa bruna y solitaria.
Pablo García
Baena
29 de
junio 1923
Córdoba
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