LAS VOCES PROHIBIDAS
Más despacio
que nunca, casi agónicas,
marchan y
duelen estas voces o estrellas.
Húmedos pies
descalzos, breves pieles,
dulce
origen, impío desorden. Voces
que
purifican lo que tocan. Voces
todo
milagro. Suaves voces de amor.
Voces
para decir amor toda la vida
y todo el
santo día y a la lenta distancia
de una
noche de sueño, amor y voces.
Cálidas o
despiertas, dormidas o ya frías,
estas
voces se pegan a los labios
y dicen y
se dicen altos, duros misterios,
prohibidos
latidos, esbeltos calosfríos.
Despaciosas
y firmes, llegan como
las
bestias, crecen como el encino,
y no hay
en ellas nada que no sea verdadero.
Pero duelen.
Son dardos de amorosa ponzoña
y dan la
seca muerte del olvido.
No perdonan,
no aman,
no son ríos
serenos, sino fuego,
ardiente
maldición, dolorosa quietud.
Vienen así,
calladas, caminando caminos
de helado
polvo. Son las voces
que ya
nunca se dicen.
Por eso
duelen y por eso ardo
junto a
ellas, como al pie de una hoguera.
Ardo y
adoro al mismo tiempo
porque
nada me callan o no me dicen nada.
Asciendo rudas
catedrales de miedo
y el vacío
es un lago de hambre y sal.
Me maldigo
con ellas
pero
duermo con ellas.
Cuando la
sed se haya quemado
en mi
garganta,
cuando no
tenga paz ni amor,
cuando
todo sea voces y no llantos,
una
pequeña sombra habrá a mi lado.
No la
rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la
joven luz del alba
la joven
voz del alba mía.
Efraín
Huerta
18 de
junio de 1914
Silao de
la Victoria - México

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