LA MANCHA DE PÚRPURA
Me impongo
la costosa penitencia
de no
mirarte en días y días, porque mis ojos,
cuando
por fin te miren, se aneguen en tu esencia,
como si
naufragasen en un golfo de púrpura,
de melodía
y de vehemencia.
Pasa el
lunes y el martes y el miércoles… yo sufro
tu
eclipse, ¡oh criatura solar! Mas en mi duelo
el afán
de mirarte se dilata
como una
profecía; se descorre cual velo
paulatino;
se acendra como miel; se aquilata
como la
entraña de las piedras finas;
y se
aguza como el llavín
de la
celda de amor de un monasterio en ruinas.
Tú no
sabes la dicha refinada
que hay
en huirte, que hay en el furtivo gozo
de
adorarte furtivamente, de cortejarte
más allá de la sombra, de bajarse el embozo
una vez
por semana, y exponer las pupilas,
en un
minuto fraudulento,
a la
mancha de púrpura de tu deslumbramiento.
En el
bosque de amor, soy cazador furtivo;
te acecho
entre dormidos y tupidos follajes,
como se
acecha a una ave fúlgida; y de estos viajes
por la
espesura, traigo a mi aislamiento,
el más fúlgido
de los plumajes:
el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.
Ramón
López Velarde
15 de
junio de 1888
Jerez de
la Frontera – México

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