sábado, 13 de junio de 2026

EMOCIÓN ALDEANA

 


EMOCIÓN ALDEANA

 

Nunca gocé ternura más extraña,

que una tarde entre las manos prolijas

del barbero de campaña,

furtivo carbonario que tenía dos hijas.

Yo venía de la montaña

en mi claudicante jardinera,

con timidez  urbana y ebrio de primavera.

 

Aristas de mis parvas,

tupían la fortaleza silvestre

de mi semestre

de barbas.

 

Recliné la cabeza

sobre la fatigada almohadilla,

con una plenitud sencilla

de docilidad y de limpieza;

y en ademán cristiano presenté la mejilla…

 

el desconchado espejo,

protegido por marchitos tules,

absorbiendo el paisaje en su reflejo,

era un óleo enorme de sol bermejo,

praderas pálidas y cielos azules.

Y ante el mórbido gozo

de la tarde vibraba en pastorelas,

flameaba como un soberbio trozo

que glorificara un orgullo de escuelas.

 

La brocha, en tanto,

nevaba su sedosa espuma

con el encanto

de una caricia de pluma.

De algún redil cabrío, que en tibiezas amigas

aprontaba al rebaño su familiar sosiego,

exhalaban un perfume labriego

de polen almizclado las boñigas.

 

Con sonora mordedura

raía mi fértil mejilla la navaja.

Mientras sonriendo anécdotas en voz baja,

el liberal barbero me hablaba mal del cura.

A la plática ajeno,

preguntábale yo, superior y sereno

(Bien que con cierta inquietud de celibato),

por sus dos hijas, Filiberta y Antonia;

cuando de pronto deleitó mi olfato

una ráfaga de agua de colonia.

 

Era la primogénita, doncella preclara,

chisporroteaba en pecas bajo rulos de cobre.

Mas en ese momento, con presteza avara,

rociábame el maestro su vinagre a la cara,

en insípido aroma de pradera pobre.

 

Harto esponjada en sus percales,

la joven apareció, un  tanto incierta,

a pesar de las lisonjas locales.

Por la puerta,

asomaron racimos de glicinas,

y llegó de la huerta

un maternal escándalo de gallinas.

 

Cuando, con fútil prisa,

hacia la bella volví mi faz más grata,

su púdico saludo respondió a mi sonrisa,

y ante el sufragio de mi amor pirata,

y la flamante lozanía de mis carrillos,

ví abrirse enormemente sus ojos de gata,

fritos en rubor como dos huevecillos.

 

Sobre el espejo, la tarde lila

improvisaba un lánguido miraje,

en un ligero vértigo de agua tranquila,

y aquella joven con su blanco traje

al borde de esa visionaria cuenca,

daba al fugaz paisaje

un aire de antigua ingenuidad flamenca.

 

Leopoldo Lugones

13 de junio de 1874

Villa de María – Argentina

No hay comentarios:

Publicar un comentario

poesia